[ Hace unos meses, Guillermo Piro me pidió un texto sobre los blogs para un libro que estaba preparando, basado en las jornadas sobre blogs que se hicieron el año pasado en el Centro Cultural Ricardo Rojas. Tras el cambio de gobierno en Buenos Aires, el humor de la burocracia cambió, y el proyecto fue cancelado. Éste era el texto: ]
Post, o ensayo, sobre papel, sin links ni comentarios
(por limitaciones tecnológicas): elogio exagerado para los bloggers que me
hacen reír
No me
acuerdo bien de qué era lo que pretendía cuando abrí mi blog, en agosto de
2005. Por un lado, me acuerdo de que tenía motivos prácticos: era periodista
free-lance, y el blog me parecía la manera más fácil de tener una página web
donde colgar mis grandes éxitos e intentar ser atractivo para esos editores a
los que yo intentaba vender notas y no me respondían los emails. También había,
pero no eran del todo conscientes, razones de vanidad: como a muchos críticos
les gusta decir, mi blog también era un proyecto para mi propia gloria, mi
pequeño púlpito donde yo podría escribir las cosas sobre las que los medios
tradicionales no parecían estar muy interesados. Además había, creo rastrear
ahora, un impulso tecnológico-social, una difusa intención de participar en
algo que me parecía novedoso y excitante: subirme a la ola de los blogs,
meterme en la conversación.
El primer motivo, el de la utilidad, ha sido un éxito. Más de un editor me encargó notas
después de leer mi blog; estos hombres y mujeres que no me conocían pudieron
hacerse allí, en esas anotaciones inconexas e irregulares, algunas inspiradas,
muchas banales, una idea de quién era yo y de qué podría o no podría escribir
en el mundo real de los medios de papel. Hace poco me dieron un premio, y el
jurado reconoció que, si bien mi propuesta era la que más les gustaba, no se
animaban a declararme ganador porque no estaban seguros de que yo iba a poder
escribir el libro que me proponía escribir: aparentemente, después de leer mi
bitácora neoyorquina, llegaron a la idea de que sí, de que podían darme el
premio con algo menos de miedo a que yo finalmente resultara un fracaso.
También tuve mi púlpito: en esas mañanas en las que leía el diario y las venas de las
sienes se me hinchaban de rabia o de placer, pude acercarme a la computadora y
sacar a pasear mi costado sarcástico-canchero sin editores que me controlaran
ni procesos mecánicos que dilataran la experiencia. De la rabia al mundo en un
click y cinco minutos. Sería demasiado decir que esto constituye otro éxito,
porque es bastante difícil de medir, pero la psicología popular habitualmente
concede que es positivo tener un lugar donde descargar las pasiones atascadas o
las tristezas demoledoras.
Más difíciles aún de evaluar, porque sus consecuencias todavían están ocurriendo,
es la zambullida en la extraña red de blogs anónimos, semianónimos y no
anónimos, personas a las que no conocía pero igual decidí, en un impulso no del
explicable, linkear desde mi blog, comentar a sus comentarios, conversar con
ellos de una manera extraña y hasta entonces imposible.
La vida en el blog es tirana, porque castiga duramente la pereza, y algo histérica, porque
nos obliga a reservar una porción de nuestros cerebros, durante nuestras vidas
cotidianas, a empaquetar anécdotas o lecturas que puedan ser material de post.
Para los escritores, de todas maneras, siempre ha sido así. Los escritores
viven dos vidas: una a la velocidad del tiempo normal, en la que se comportan
en aparente sincronía con el resto de los humanos –se suben a colectivos,
contestan llamadas telefónicas, piden cafés haciendo una “c” con el índice y el
pulgar--, y otra en una pequeña área de sus cerebros, donde una camarita
literario-melancólica se mantiene atenta a los misterios del mundo, a detectar
ese instante mágico en el que la llegada del mozo con el café, un saludo
inesperado en el celular o una conversación en la multitud transpirada del
colectivo les revela un enigma, un dato o una emoción que sólo cien palabras en
papel o pantalla podrán describir. Es por eso que, para los escritores, la
arenga de tirarse de cabeza a la vida siempre ha sido más una declaración de
intenciones que una aventura real, porque nunca se entregan del todo, siempre
se están (nos estamos) guardando algo.
Pasa lo mismo, con resultados más irrelevantes, con los blogueros. Para el bloguero
intenso, la vida se transforma en una excusa para buenos o malos posts; cada
coincidencia, cada idea, cada emoción termina online, como Calamaro durante el
infierno de El Salmón. Así descripta, no pueda ésa ser una buena vida, y sin
embargo la seguimos llevando, a veces con más enjundia y otras veces a media
máquina, como aceptando que las reglas del juego son brillar un tiempo, después
apagarnos, después tratar de renacer y después ver qué pasa.
No entiendo ni comparto casi ninguna de las críticas que se hacen a los blogs.
No
entiendo por qué les piden tanto: por qué la doctora en letras dice que están
mal escritos, por qué el sociólogo dice que son individualistas, o por qué el
estructuralista materialista dice que son un engaña-pichanga de las
telefónicas. Tengo la sensación de que los blogs, como muchas otras cosas,
están sobrepensados, demasiado analizados, puestos bajo la lupa mucho antes de
que podamos saber bien qué son: mi sensación, que parte de –y pido aquí perdón
a las personas inteligentes— de un inexplicable optimismo tecnológico, es que
está empezando algo nuevo, que incluye a los blogs pero también a muchas otras
cosas. Internet está cambiando mucho nuestras vidas, y creo que, en general, lo
hace para mejor: para los que tienen acceso a ella, y que ya son más del 20% de
la población mundial –no es mucho en porcentaje, lo sé, pero aún así son 1.200
millones de personas—, la nueva Internet, la Internet que le da micrófono a
todo el mundo, la que le mejoró la vida social a millones de personas y
amontonó, como el viento, a freaks de gustos particulares repartidos po el
mundo, es una fuerza democratizadora: ni las opiniones ya son sólo patrimonio
de los que tienen acceso a los diarios o las radios, ni el sexo es patrimonio
sólo de los que tienen buen aspecto, buena labia o buena billetera.
Como periodista, me deprime ver la actitud paranoica con la que la mayoría de los
periodistas en Argentina –y en casi todo el mundo— escribe sobre la llegada de
los blogs: “Son poco serios, no como nosotros”, dicen todo el tiempo, como si
la prensa argentina fuera un ejemplo de rigurosidad y precisión. Existe, lo
admito, el riesgo de que si sólo leemos los blogs que están de acuerdo con
nosotros, podemos terminar encerrados en burbujas de pensamiento dentro de las
que dialogamos sólo con los amigos y ni nos enteramos de qué piensan los que no
piensan como nosotros. Pero, si uno ha estado siguiendo la evolución de los
diarios argentinos en los últimos años, puede darse cuenta de que les ha pasado
lo mismo: los diarios son, cada vez más, lugares a los que uno va para
reconfirmar su ideología, y no para ponerla a prueba.
Más bien que hay centenares de blogs pedantes, endogámicos, mal escritos, odiosos y
autoindulgentes: pero lo que los críticos no dicen es que sus autores
probablemente ya eran pedantes, odiosos y autoindulgentes (pero anónimos) antes
de que existieran los blogs. Si el argumento liberal pro-televisión de “si no
te gusta, cambiá de canal” es débil porque las opciones son más bien limitadas,
con los blogs recupera toda su fuerza: el que lee un blog que no le gusta sólo
puede ser calificado como un masoquista o un amargado.
Leo los párrafos anteriores y me da la sensación de que estoy escribiendo un post, y no
un texto que pronto será volcado al venerable soporte papel. Los párrafos
arrancan en una dirección y después del primer punto y seguido empiezan a
derrapar, toman velocidad, se chocan con un signo de dos puntos y depués
encaran para cualquier otro lado. No me molesta: o, si me molesta, no sé cómo
corregirlo a esta altura. En mi caso, y en el de muchos de los blogs que leo,
el formato de post ha sido una sorprendente forma de recuperar el género del
ensayo, ese jugosísimo género que alguna vez fue literario pero que en décadas
recientes había sido secuestrado por la verba metálica y solemne de las
facultades de ciencias sociales. El ensayista, como el blogger, es un vagabundo
de las ideas, un tipo que se reconoce como arbitrario, que tira gambetas en el
papel para ponerlas a prueba, para ver si el lector lo acompaña en una dirección
que puede terminar siendo disparatada o patética, pero cuyo camino, ese sabor
de las palabras y las ideas, ese derroche de energía con tal de encontrar un
momento brillante que compense todo, ese camino era desde el principio lo más
importante y lo que más nos interesaba. Me gusta el blogger cuando no es
prepotente y cuando empieza a escribir sin saber bien hacia dónde está yendo,
como me pasa a mí ahora con este texto. Hay un disfrute inmediato en la
honestidad del blogger-ensayista, una empatía con aquel que está caminando por
el borde del abismo y que hacía tiempo que no podía leer en otros lados: ni en
la prensa, donde el género columna es rehén de los visitantes de Balcarce 50 u
otros jueces morales, ni en los libros, donde el océano entre la ficción y la
tesis doctoral (o sus vecinos) apenas está cubierto.
Mi mente, en este momento, ya está funcionando en modo
blogger: me habría gustado ilustrar algunos de los ejemplos de más arriba con
links a páginas web donde se explicaba mejor lo que quería decir, o donde
insertar ese nuevo sentido del humor y la ironía que permiten los links
delirantes y contraintuitivos. No quiero ser un talibán, de todos modos, uno de
esos blogueros militantes que con pasamontañas y no poco resentimiento —¡cuánto
resentimiento en los comments del maldito “usuario anónimo”! ¡qué tipo con más
mala leche!— que canalizan su libido en tirar granadas contra los medios de
comunicación tradicionales. Yo quiero todo: quiero el blog y quiero el fetiche
de la tinta sobre el papel. Quiero contaminación, que todos nos mejoremos a
todos, que los medios salgan (salgamos) un poco de su autismo y su zumbido
monocorde, y que los blogs sean (seamos) menos victimistas. El victimismo es un
camino de ida.
Últimos comentarios