Blog personal
de Hernán
Iglesias Illa

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22 de noviembre de 2006

Hay dos motivos por los cuales estuve posteando tan poco últimamente. Uno es que, después de un año, el blog ha sido víctima de los ciclos de ascenso y caída que dominan nuestras vidas: se puede bloguear durante varios años —hay varios que lo han hecho—, pero no se puede bloguear eternamente. Se me ocurrieron decenas de posts en los últimos meses: anécdotas semidivertidas, furias pasajeras, pensamientos brillantes pero delgaditos, iluminaciones políticas, películas y canciones que me emocionarn un rato. Casi ninguno de ellos llegó hasta acá. Todavía tengo pegado en el corcho de la cocina un recorte del diario de Bar Harbour, adonde fuimos con I. un fin de semana largo en septiembre, para celebrar nuestro primer aniversario. El recorte es el "Police Blotter" del día, el informe de la policía que en los diarios populares de Nueva York están llenos de crímenes y muertes y que en el del apacible Bar Harbour Times abría con un accidente en bicicleta de una ama de casa local. En ese momento me pareció divertido. Ahora también. Pero entre medio no.

El otro motivo por el que estuve escribiendo menos es que buena parte de mi energía, fuera de las horas de trabajo, la estoy dedicando al libro que estoy escribiendo sobre los banqueros argentinos de Wall Street: me he pasado los dos últimos meses planeando, haciendo y desgrabando entrevistas, dibujando outlines con posibles capítulos, escribiendo parrafitos con sensaciones, leyendo libros, aprendiendo el misterioso derrotero de una de nuestras penurias recientes: el bono soberano. Estoy muy entusiasmado con el libro. Las noches como ésta, solo frente a la computadora, con I. durmiendo desde hace un par de horas, que antes dedicaba a derivar aleatoriamente por Internet, de los diarios a los blogs a youtube al limwire, ahora las paso googleando los nombres y los eventos más irrelevantes, obsesionándome con detalles que, con suerte, ocuparán como mucho una línea del libro. Anoche, por ejemplo, estuve buscando (y encontré) las diferencias de clase contenidas en la estación de trenes a la que uno llega a Nueva York. Los banqueros que viven en los suburbios del norte de la ciudad y en Greenwich (Connecticut) se bajan del tren en Grand Central Station, un edificio elegante, limpio y marmolado, con esculturas y hombres con abrigos de piel de camello. La clase trabajadora que viene de New Jersey y Long Island sale a la ciudad desde Penn Station, un caos de pizzerías y restaurantes de comida rápida, baños inundados, carteles que no funcionan y ampliaciones hechas a medias.

La semana pasada, entonces, se me ocurrió una manera de juntar las dos cosas y ver si de paso, jugándome a que una afortunada carambola me dé la razón y me saque del letargo, podía revivir el blog. La idea es la siguiente: bloguear sobre el proceso de escribir un libro, algo que no sé cómo se hace, porque es la primera vez que lo hago. (Tengo 200 páginas en Mis Documentos a las que suelo llamar "novela", pero, mientras no estén embutidas en dos tapas, resistirán la categoría de "libro"). No sé si alguien lo ha hecho alguna vez y no sé cómo va a salir, pero me divierte compartir y sublimar en público las frustraciones, las desmotivaciones,  los entusiasmos, las rachas de falta de inspiración, las rachas de escribir sin parar. Incluso pedir ayuda: poner ideas a prueba, consultar intereses.

Como no era algo que pudiera decidir por mí mismo, pedí autorización a Paula Pérez Alonso, de Planeta, y a Martín Caparrós, mi tutor en el proyecto. Los dos me dijeron lo mismo: puede ser una buena idea, pero tené cuidado de no revelar demasiado, de no quemar cosas que querés que sólo sepan los que leen el libro. Me pareció un consejo completamente razonable, por lo que tomé nota y me dispuse a escribir este post. El problema es que no lo escribí: el intercambio de mails con Paula y Martín fue hace dos semanas, justo antes de la primera entrevista que tuve con Domingo Cavallo en el Harvard Club de Manhattan (digo "primera" porque habrá una segunda, en Buenos Aires, dentro de un par de semanas). La idea de desayunar con Cavallo en un edificio venerable, donde los ex alumnos y profesores de Harvard juegan al squash y leen los diarios, nuestra entrevista interrumpida por un Premio Nobel —"¡Domingo!", dijo el Premio Nobel, cuyo nombre no revelaré porque es justamente una de las cosas por las que van a tener que pagar o fotocopiar para saber—, me parecía una idea de post tan buena que me deprimía no poder usarla sólo porque me la tenía que guardar un año (o un poco menos).

Así que así iniciamos nuestro experimento: con Cavallo recordando cada día, cada recoveco, cada mini-traición de 2001 y yo empezando a escribir sobre la marcha de Golden Boys, viendo si funciona, si me sirve para escribir mejor el libro y si sirve para pegarle una sacudida al blog. Veremos qué pasa.

8 de noviembre de 2006

Nico C. me comenta por mail, sobre el post de más abajo:

está bueno tu texto de los blogs. es cierto lo del fluir libre de ideas, la refundación del ensayo. su límite, creo, está en un género en el cual no han incursionado y que solía ser lo central en los diarios: la crónica entendida como el periodista que sale y cuenta qué es lo que hay afuera. me da la sensación de que los blogs son geniales para transmitir ideas, puntos de vista o cualquier otra cosa que sale de la experiencia indivual de una persona que piensa y tiene acceso a internet. no han incursionado, en cambio, en el texto más cercano a lo que escribían los viajeros, el tipo que viaja y cuenta lo que ve. ese es uno de los máximos aportes del periodismo y ya no se practica en ningún lado. casi no lo hacen los diarios y los blogs tampoco se lo proponen.

Está bien lo que dice Nico: la crónica no ha encontrado todavía su lugar en Internet, por lo menos en castellano. Está amagando con encontrar refugio en los libros y en algunas revistas, pero los diarios y los blogs —los primeros cada vez más ombliguistas, y los segundos, ombliguistas por definición— le han hecho poco caso.

La disculpa para los blogs, me parece, es que la crónica lleva tiempo: hay que mirar y hay que escribir. Ya son dos cosas que uno debe hacer gratis. Por otra parte, el blog aprovecha tan bien la inmediatez y el capricho —se me ocurre algo: lo escribo— que automáticamente mueve la aguja hacia la opinión. El blog también es inmóvil: es tu casa, tu computadora, tu nido y nadie más; no hay mucho para ver salvo otros blogs y, con suerte, la tele. Cuando sea de verdad fácil postear desde cualquier lado, cuando las laptops sean más baratas y más livianas, cuando se pueda escribir como la gente con los celulares, quizás la crónica empiece a salir del agua.

7 de noviembre de 2006

[ Hace unos meses, Guillermo Piro me pidió un texto sobre los blogs para un libro que estaba preparando, basado en las jornadas sobre blogs que se hicieron el año pasado en el Centro Cultural Ricardo Rojas. Tras el cambio de gobierno en Buenos Aires, el humor de la burocracia cambió, y el proyecto fue cancelado. Éste era el texto: ]

Post, o ensayo, sobre papel, sin links ni comentarios (por limitaciones tecnológicas): elogio exagerado para los bloggers que me hacen reír

No me acuerdo bien de qué era lo que pretendía cuando abrí mi blog, en agosto de 2005. Por un lado, me acuerdo de que tenía motivos prácticos: era periodista free-lance, y el blog me parecía la manera más fácil de tener una página web donde colgar mis grandes éxitos e intentar ser atractivo para esos editores a los que yo intentaba vender notas y no me respondían los emails. También había, pero no eran del todo conscientes, razones de vanidad: como a muchos críticos les gusta decir, mi blog también era un proyecto para mi propia gloria, mi pequeño púlpito donde yo podría escribir las cosas sobre las que los medios tradicionales no parecían estar muy interesados. Además había, creo rastrear ahora, un impulso tecnológico-social, una difusa intención de participar en algo que me parecía novedoso y excitante: subirme a la ola de los blogs, meterme en la conversación.

El primer motivo, el de la utilidad, ha sido un éxito. Más de un editor me encargó notas después de leer mi blog; estos hombres y mujeres que no me conocían pudieron hacerse allí, en esas anotaciones inconexas e irregulares, algunas inspiradas, muchas banales, una idea de quién era yo y de qué podría o no podría escribir en el mundo real de los medios de papel. Hace poco me dieron un premio, y el jurado reconoció que, si bien mi propuesta era la que más les gustaba, no se animaban a declararme ganador porque no estaban seguros de que yo iba a poder escribir el libro que me proponía escribir: aparentemente, después de leer mi bitácora neoyorquina, llegaron a la idea de que sí, de que podían darme el premio con algo menos de miedo a que yo finalmente resultara un fracaso.

También tuve mi púlpito: en esas mañanas en las que leía el diario y las venas de las sienes se me hinchaban de rabia o de placer, pude acercarme a la computadora y sacar a pasear mi costado sarcástico-canchero sin editores que me controlaran ni procesos mecánicos que dilataran la experiencia. De la rabia al mundo en un click y cinco minutos. Sería demasiado decir que esto constituye otro éxito, porque es bastante difícil de medir, pero la psicología popular habitualmente concede que es positivo tener un lugar donde descargar las pasiones atascadas o las tristezas demoledoras.

Más difíciles aún de evaluar, porque sus consecuencias todavían están ocurriendo, es la zambullida en la extraña red de blogs anónimos, semianónimos y no anónimos, personas a las que no conocía pero igual decidí, en un impulso no del explicable, linkear desde mi blog, comentar a sus comentarios, conversar con ellos de una manera extraña y hasta entonces imposible.

La vida en el blog es tirana, porque castiga duramente la pereza, y algo histérica, porque nos obliga a reservar una porción de nuestros cerebros, durante nuestras vidas cotidianas, a empaquetar anécdotas o lecturas que puedan ser material de post. Para los escritores, de todas maneras, siempre ha sido así. Los escritores viven dos vidas: una a la velocidad del tiempo normal, en la que se comportan en aparente sincronía con el resto de los humanos –se suben a colectivos, contestan llamadas telefónicas, piden cafés haciendo una “c” con el índice y el pulgar--, y otra en una pequeña área de sus cerebros, donde una camarita literario-melancólica se mantiene atenta a los misterios del mundo, a detectar ese instante mágico en el que la llegada del mozo con el café, un saludo inesperado en el celular o una conversación en la multitud transpirada del colectivo les revela un enigma, un dato o una emoción que sólo cien palabras en papel o pantalla podrán describir. Es por eso que, para los escritores, la arenga de tirarse de cabeza a la vida siempre ha sido más una declaración de intenciones que una aventura real, porque nunca se entregan del todo, siempre se están (nos estamos) guardando algo.

Pasa lo mismo, con resultados más irrelevantes, con los blogueros. Para el bloguero intenso, la vida se transforma en una excusa para buenos o malos posts; cada coincidencia, cada idea, cada emoción termina online, como Calamaro durante el infierno de El Salmón. Así descripta, no pueda ésa ser una buena vida, y sin embargo la seguimos llevando, a veces con más enjundia y otras veces a media máquina, como aceptando que las reglas del juego son brillar un tiempo, después apagarnos, después tratar de renacer y después ver qué pasa. No entiendo ni comparto casi ninguna de las críticas que se hacen a los blogs.

No entiendo por qué les piden tanto: por qué la doctora en letras dice que están mal escritos, por qué el sociólogo dice que son individualistas, o por qué el estructuralista materialista dice que son un engaña-pichanga de las telefónicas. Tengo la sensación de que los blogs, como muchas otras cosas, están sobrepensados, demasiado analizados, puestos bajo la lupa mucho antes de que podamos saber bien qué son: mi sensación, que parte de –y pido aquí perdón a las personas inteligentes— de un inexplicable optimismo tecnológico, es que está empezando algo nuevo, que incluye a los blogs pero también a muchas otras cosas. Internet está cambiando mucho nuestras vidas, y creo que, en general, lo hace para mejor: para los que tienen acceso a ella, y que ya son más del 20% de la población mundial –no es mucho en porcentaje, lo sé, pero aún así son 1.200 millones de personas—, la nueva Internet, la Internet que le da micrófono a todo el mundo, la que le mejoró la vida social a millones de personas y amontonó, como el viento, a freaks de gustos particulares repartidos po el mundo, es una fuerza democratizadora: ni las opiniones ya son sólo patrimonio de los que tienen acceso a los diarios o las radios, ni el sexo es patrimonio sólo de los que tienen buen aspecto, buena labia o buena billetera.

Como periodista, me deprime ver la actitud paranoica con la que la mayoría de los periodistas en Argentina –y en casi todo el mundo— escribe sobre la llegada de los blogs: “Son poco serios, no como nosotros”, dicen todo el tiempo, como si la prensa argentina fuera un ejemplo de rigurosidad y precisión. Existe, lo admito, el riesgo de que si sólo leemos los blogs que están de acuerdo con nosotros, podemos terminar encerrados en burbujas de pensamiento dentro de las que dialogamos sólo con los amigos y ni nos enteramos de qué piensan los que no piensan como nosotros. Pero, si uno ha estado siguiendo la evolución de los diarios argentinos en los últimos años, puede darse cuenta de que les ha pasado lo mismo: los diarios son, cada vez más, lugares a los que uno va para reconfirmar su ideología, y no para ponerla a prueba.

Más bien que hay centenares de blogs pedantes, endogámicos, mal escritos, odiosos y autoindulgentes: pero lo que los críticos no dicen es que sus autores probablemente ya eran pedantes, odiosos y autoindulgentes (pero anónimos) antes de que existieran los blogs. Si el argumento liberal pro-televisión de “si no te gusta, cambiá de canal” es débil porque las opciones son más bien limitadas, con los blogs recupera toda su fuerza: el que lee un blog que no le gusta sólo puede ser calificado como un masoquista o un amargado.

Leo los párrafos anteriores y me da la sensación de que estoy escribiendo un post, y no un texto que pronto será volcado al venerable soporte papel. Los párrafos arrancan en una dirección y después del primer punto y seguido empiezan a derrapar, toman velocidad, se chocan con un signo de dos puntos y depués encaran para cualquier otro lado. No me molesta: o, si me molesta, no sé cómo corregirlo a esta altura. En mi caso, y en el de muchos de los blogs que leo, el formato de post ha sido una sorprendente forma de recuperar el género del ensayo, ese jugosísimo género que alguna vez fue literario pero que en décadas recientes había sido secuestrado por la verba metálica y solemne de las facultades de ciencias sociales. El ensayista, como el blogger, es un vagabundo de las ideas, un tipo que se reconoce como arbitrario, que tira gambetas en el papel para ponerlas a prueba, para ver si el lector lo acompaña en una dirección que puede terminar siendo disparatada o patética, pero cuyo camino, ese sabor de las palabras y las ideas, ese derroche de energía con tal de encontrar un momento brillante que compense todo, ese camino era desde el principio lo más importante y lo que más nos interesaba. Me gusta el blogger cuando no es prepotente y cuando empieza a escribir sin saber bien hacia dónde está yendo, como me pasa a mí ahora con este texto. Hay un disfrute inmediato en la honestidad del blogger-ensayista, una empatía con aquel que está caminando por el borde del abismo y que hacía tiempo que no podía leer en otros lados: ni en la prensa, donde el género columna es rehén de los visitantes de Balcarce 50 u otros jueces morales, ni en los libros, donde el océano entre la ficción y la tesis doctoral (o sus vecinos) apenas está cubierto.

Mi mente, en este momento, ya está funcionando en modo blogger: me habría gustado ilustrar algunos de los ejemplos de más arriba con links a páginas web donde se explicaba mejor lo que quería decir, o donde insertar ese nuevo sentido del humor y la ironía que permiten los links delirantes y contraintuitivos. No quiero ser un talibán, de todos modos, uno de esos blogueros militantes que con pasamontañas y no poco resentimiento —¡cuánto resentimiento en los comments del maldito “usuario anónimo”! ¡qué tipo con más mala leche!— que canalizan su libido en tirar granadas contra los medios de comunicación tradicionales. Yo quiero todo: quiero el blog y quiero el fetiche de la tinta sobre el papel. Quiero contaminación, que todos nos mejoremos a todos, que los medios salgan (salgamos) un poco de su autismo y su zumbido monocorde, y que los blogs sean (seamos) menos victimistas. El victimismo es un camino de ida.

2 de noviembre de 2006

A Artemio se le acabó el humor. Hace diez días oteábamos un relajamiento, el nacimiento de la ironía kirchnerista después de tres años de seriedad y autocomplacencia. Me parece que me apuré: gana un obispo en Misiones, Artemio primero admite con gallardía los tremendos errores de sus encuestas y ahora, de la nada, se pone serio otra vez. Una decepción. No sólo por ponerse serio, porque aunque de la mayoría de las cosas uno debe reírse, hay cosas a las que vale la pena tomarse con seriedad.

Pero Artemio parece estar mandando un mensaje, como si a alguno de su bando no le hubieran gustado sus chistes: dice "ultramontano", dice "los grupos de poder económico y financiero que (...) literalmente vaciar[0]n, colapsar[o]n el país", dice "los intereses de las facciones de capital", todas declaraciones de amor para su, probablemente, cliente principal: Balcarce 50. Dos palabras del auto de fe de Artemio confirman que se ha puesto el cassette: en un momento dice "necesidad inexorable", antíquismo recurso retórico de la jerga política cuando trata de hacer jueguito con los eufemismos para después tirarla al córner. Una pena. Creíamos que se había abierto una ventanita (se me escapa la primera persona del plural, como si todavía estuviera escribiendo para TP), pero me parece que el chiflete irónico lo van a cerrar de golpe. Todo el mundo a sus trincheras y a dispararle a lo que se mueva.

Uso metáforas bélicas no sólo porque tengo poca imaginación, también porque las usa Artemio, que se despide con una amenaza que da miedito: "Un solo paso atrás será un signo de debilidad estructural". Se viene la lluvia de caca, la sobreactuación de dientes apretados, la sobrevaloración del heroísmo propio. Y más encuestas con "errores".