Blog personal
de Hernán
Iglesias Illa

junio 2009

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26 de mayo de 2007

Países con changüí

El 30 de abril se venció la patente de la Vespa. Había una calcomanía chiquita en la patente que decía "07" y que yo tenía que cambiar por una que dijera "08". El 1° de mayo, a las 9:46 de la mañana, me pusieron una multa por no haberla cambiado. No me dieron ni dos horas de changüí: la patente cuesta 14 dólares al año y la multa, $40. Tuve que pagar las dos cosas y ahora ya tengo mi calcomanía amarilla que dice "08".

Este es un país sin changüí, pensé. Extrañé mi querida Argentina, donde siempre hay moratorias, segundas oportunidades, atajos para volver al sistema por la ventana: las dos veces que fui al Juez de Faltas (Carlos Pellegrini 211, en diagonal al Obelisco, el edificio más feo de Buenos Aires) salí sin pagar ninguna de las multas que tenía pendientes. (Y las multas que tenía pendientes eran aquellas en las que había decidido no dar propinas "para el café" de los policías.) En Argentina se puede conversar con el árbitro, acá es el Estado es como Castrilli: amarilla en la primera, roja en la segunda. Qué falta de códigos.

Después pensé otra cosa. Hace un año que dejo la moto en la calle, todas las noches. Como no se puede estacionar en la vereda (multa sí o sí), hay que dejarla contra el cordón, entre dos autos. Nunca supe de nadie que le hubieran robado la moto. En el concesionario de Vespa el otro día me dijeron que es porque no hay mercado negro de partes: todas las motos y los talleres de la ciudad están bien controlados. Se sabe todo sobre ellos. Una moto robada es casi imposible de reciclar, en buena parte gracias al castrillismo y la falta de piedad del gobierno municipal.

Entonces ya no sé que prefiero: la ley de la calle o la ley del súper-Estado. Cuando trabajaba en TyC Sports dejaba el auto en la calle Salta, debajo de la autopista. Cada dos o tres meses me robaban el estéreo. Yo arrancaba, seguía todo derecho por Salta hasta que se convertía en Libertad, ponía las balizas en la cuadra entre Corrientes y Lavalle, frenaba, entraba a un bolichito, pagaba 50 pesos, incrustaba el estéreo en su lugar y arrancaba, con el aparato funcionando. No me parecía muy grave, hasta me hacía un poco de gracia. Aunque mucho mejor habría sido que no me lo robaran in the first place.

No sé bien si prefiero que el Estado me dé margen para ser un poco desprolijo con mi vida, aún al costo de tener que sufrir las desprolijidades (afanos, aprietes, arbitrariedades) de los demás. O si prefiero ponerme las pilas para ser un chico aplicado y que el Estado vigile que todos los demás también se portan bien. Argentina se acerca más al primer modelo; EE.UU. (o Suiza, o Noruega: países con súper-Estados ágiles y eficaces), al segundo. Vivo en el segundo, así que no me ha quedado más remedio que aplicarme, a veces a los golpes, como el otro día con la patente, a cumplir las reglas y pagar cuando no lo hago.

22 de mayo de 2007

En febrero fui al cardiólogo. Se llamaba Kirschner y tenía el pelo y la oficina muy desordenados. 'Tenés un aneurisma en la aorta', me dijo K. 'Por ahora mide 5,5cm, que es justo el límite para operar, pero creo que igual deberías operarte, así de paso te arreglan la válvula'.
Así empezó todo. Aneurisma es una palabra muy fea, pero en la aorta es menos: es que está hinchada. Lo de la válvula me sorprendió un poco más. Me la habían operado a los 10 años en Buenos Aires y no sabía que tenía que volver al quirófano. A la válvula la tengo mal de nacimiento, con dos patas (bicúspide), en lugar de las tres de todo el mundo. Y ya dio todo lo que tenía de sí.

Salimos de compras en busca de un cirujano. El seguro médico en Estados Unidos es un caos de facturas, excepciones y letra chica pero lo bueno es que con cualquier plan normal podés elegir el médico que querés. Kirschner y otro cardiólogo me recomendaron a Paul Stelzer. Varios amigos y amigos de amigos me recomendaron al famoso Mehmet Oz, el médico que aparece en el programa de Oprah Winfrey.

No era sólo elegir al que me caía más simpático o el que me pareciera más confiable. Stelzer y Oz son promotores de técnicas rivales para el reemplazo de la válvula aórtica. O sea que tenía que elegir cirujano y procedimiento.

Oz te atiende como lo que es: una celebrity. Te despacha en 15 minutos y cuando te vas te da fotocopias con sus apariciones en revistas y diarios. Sonríe como un actor y habla como un presentador de tele: pocos detalles, chistes malos. Se tiene mucha fe y en ese sentido inspira confianza, pero hace y empuja por un solo tipo de operación: el reemplazo de la válvula por una válvula mecánica, de plástico, teflon y titanio. Ventaja: puede durar toda la vida. Desventaja: tendría que tomar anticoagulantes el resto de la ídem.

Stelzer promueve y es el tipo con más experiencia del mundo en una cosa que se llama Procedimiento de Ross. Consiste en mover la válvula pulmonar al lugar de la aórtica y en el lugar de la pulmonar poner la de un donante. Es más complicada, porque hay dos válvulas involucradas en lugar de una. Ventaja: no tengo que tomar los anticoagulantes. Desventaja: quizás deba operarme otra vez dentro e 20 o 25 años.

Puesta así, la decisión para nosotros era fácil: Stelzer. El problema es que la Ross Procedure está pasando por un momento de baja popularidad en la comunidad médica. De hecho, en un momento llamé al cirujano que me había operado en el Hospital Italiano en 1984, que ahora vive en Boston, y me recomendó la válvula mecánica. No le di pelota. Hasta hace cuatro o cinco años, Ross estaba muy de moda: los pacientes se liberaban de la tortura del anticoagulantes —que no es sólo tener que medirte el espesor de la sangre y tomar la pastillita todos los días: también tenés que decir bai-bai a los deportes de contacto y a las borracheras épicas— y los médicos se ahorraban poner una cosa de plástico en el pecho de los pacientes. El problema es que en los últimos años varios de los primeros operados con el sistema de Ross en los '80 tuvieron que volver al quirófano para que les recauchutaran la válvula. Cuando le digo a Stelzer que sus colegas están decepcionados con Ross, él contesta que en los últimos 15 años aprendió a hacer la operación mucho mejor que antes y que ya no se manda algunas cagadas. Él habla así. En un momento nos dijo:

—De mis primeros 15 pacientes se me murieron dos. Pero desde 1998 no se me ha muerto ninguno.

Así que un poco me la estoy jugando, a favor de Ross y de Stelzer y en contra del consenso médico. Hay miles de otros pequeños detalles que nos tiltearon a favor de Stelzer —ya están empezando a arreglar válvulas pulmonares en problemas vía caterer, o sea, desde el muslo, sin operar—, pero igual ya no importa. La culpa de todo la tiene Kirschner.

17 de mayo de 2007

Seis meses después, vuelvo.

Llevo dos meses disfrutando como pocas veces antes. Vivo como un escritor, con esa rutina tibia y sosa que siempre había querido para mí mismo: me despierto, leo lo que escribí el día anterior, café-diarios-blogs-mails-un-rato-de-tele, camino cuatro cuadras con la laptop al hombro hasta un café en Brooklyn donde me dejan pasar las tardes con un té, vuelvo a casa, estoy un rato con I., escribo hasta las cuatro de la madrugada. Y vuelta a empezar: pasan los días y las semanas, con leves oscilaciones —una salida con amigos, un partido de fútbol en la tele, un trámite molesto al otro lado de la ciudad— en el eletrocardiograma casi plano de mi vida cotidiana. El libro avanza bien: terminar cada capítulo me provoca una inmensa sensación de accomplishment, levantar vuelo con un párrafo afortunado, descubrir ideas y perfumes al mismo tiempo que voy apretando las teclas... Una gran manera de pasar los días. Dorothy Parker decía que odiaba escribir pero que amaba haber escrito. Yo, cuando dejo de darle cabezazos a esa montaña de granito que son los malos comienzos y finalmente encuentro una grieta por donde meterme, es como una montaña rusa. No puedo hacer como el escritor-entomólogo, que coloca sus insectos tipográficos con empeño y regularidad. Lo mío es desastre o 500 palabras por hora. Normalmente, mil palabras dignas, que podría escribir en dos horas en estado de gracia, me llevan ocho o nueve horas brutas.

Esta vida mía, pequeñita e inofensiva —tierna rutina de escritor, dos o tres kioscos freelance con los que pagar las cuentas y el café y el cine—, se verá interrumpida durante un par de semanas, empezando de dentro de dos semanas, con otro trámite molesto al otro de la ciudad. Me despertaré temprano el 30 de mayo, me tomaré alguno de los subtes de la línea verde y caminaré cuatro cuadras por el Upper East Side para llegar a las siete de la mañana al hospital Mount Sinai, donde un tipo muy simpático llamado Paul Stelzer me va a operar del corazón.

Mi válvula aórtica está pidiendo el cambio.

Stelzer me va a abrir, va a mover mi válvula pulmonar (la que va del corazón a los pulmones) al lugar de la válvula aórtica y va a poner una válvula de un donante (muerto) en el lugar de la válvula pulmonar. También me cambiará los primeros centímetros de la aorta con un material sintético, porque la tenía medio hinchada. Cuatro días después volveré a casa.