Cuando llegamos a la sala de espera, la mañana de la operación, hace ya casi dos semanas, estábamos nosotros y los Goldstein nada más. A Goldstein padre, un judío ortodoxo de Williamsburg (Brooklyn) también le iban a cambiar la válvula aórtica, pero, como tenía más de setenta años, se la iban a cambiar por una válvula de chancho, que son las más fáciles de poner y duran unos diez años. Mi viejo le decía "el rabino" a Goldstein, que no era rabino sino pizzero: la principal ocupación de su vida había sido tener durante 30 años una pizzería kosher en Brooklyn. La vendió hace poco. Su mujer, Magda, era un personaje, una susanita yiddish de rulos y anteojos que nos traía gefilte fish de su casa y nos daba consejos sobre cómo robar pequeñas cosas (papel higiénico, toallitas) cuando las enfermeras estaban dormidas. Había nacido en Hungría y había vivido de los cinco a los nueve años en un campo de concentración nazi.
Intenté leer el informe del cirujano sobre la operación. Es difícil, porque está lleno de siglas —"no hubo problemas de MR", "escasa incidencia de CLA", "la observación de MA...", todo así— y porque hay un momento en el que uno ya no quiere saber mucho sobre qué le hicieron. Una palabra, sin embargo, nos hizo reír: dice que mi válvula pulmonar —desde hace dos semanas, mi válvula aórtica— es "lovely".
Esta tarde, epifanía de amor por Brooklyn. El paseo diario del convaleciente, bajar hasta Columbia casi debajo de la autopista, las cortaditas entre State y Joralemon. Estaba muy raro: llovía con sol, no había nadie en la calle, los delis y los restaurantes de Columbia todos cerrados: de la piel de las casas salía el espíritu de clase obrera que 30 años de decadencia y 15 de recuperación cool han tapado, capa tras capa. Las casas ahora cuestan dos palos y medio (o más); la cochera mensual del único estacionamiento, $400. Pero es todo tan lindo.

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