Blog personal
de Hernán
Iglesias Illa

junio 2009

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12 de junio de 2007

Cuando  llegamos a la sala de espera, la mañana de la operación, hace ya casi dos semanas, estábamos nosotros y los Goldstein nada más. A Goldstein padre, un judío ortodoxo de Williamsburg (Brooklyn) también le iban a cambiar la válvula aórtica, pero, como tenía más de setenta años, se la iban a cambiar por una válvula de chancho, que son las más fáciles de poner y duran unos diez años. Mi viejo le decía "el rabino" a Goldstein, que no era rabino sino pizzero: la principal ocupación de su vida había sido tener durante 30 años una pizzería kosher en Brooklyn. La vendió hace poco. Su mujer, Magda, era un personaje, una susanita yiddish de rulos y anteojos que nos traía gefilte fish de su casa y nos daba consejos sobre cómo robar pequeñas cosas (papel higiénico, toallitas) cuando las enfermeras estaban dormidas. Había nacido en Hungría y había vivido de los cinco a los nueve años en un campo de concentración nazi.

Intenté leer el informe del cirujano sobre la operación. Es difícil, porque está lleno de siglas —"no hubo problemas de MR", "escasa incidencia de CLA", "la observación de MA...", todo así— y porque hay un momento en el que uno ya no quiere saber mucho sobre qué le hicieron. Una palabra, sin embargo, nos hizo reír: dice que mi válvula pulmonar —desde hace dos semanas, mi válvula aórtica— es "lovely".

Esta tarde, epifanía de amor por Brooklyn. El paseo diario del convaleciente, bajar hasta Columbia casi debajo de la autopista, las cortaditas entre State y Joralemon. Estaba muy raro: llovía con sol, no había nadie en la calle, los delis y los restaurantes de Columbia todos cerrados: de la piel de las casas salía el espíritu de clase obrera que 30 años de decadencia y 15 de recuperación cool han tapado, capa tras capa. Las casas ahora cuestan dos palos y medio (o más); la cochera mensual del único estacionamiento, $400. Pero es todo tan lindo.

8 de junio de 2007

Las enfermeras eran todas de nacionalidades distintas. Maggie, nacida en EE.UU. de padre ecuatoriano y madre irlandesa, tenía mandíbula de boxeadora, pelo mostaza y todo el espíritu de la vieja escuela. Hoy, muchas enfermeras, especialmente las filipinas, que están por todos lados, se sienten parte de la gran industria de la atención al cliente: te miman, te tratan bien, hecen lo que les pedís. Maggie no. Una mañana me vinieron a buscar para hacerme un ecocardiograma y yo, con el desayuno a mitad de camino, pedí cinco minutos. Treinta segundos más tarde entró Maggie, me agarró del brazo, me sentó en la camilla y dio luz verde para que me saquen. Cuando volví, el desayuno ya no estaba. El último día le dije a Maggie: "El otro día jugaron, acá en Jersey, Ecuador e Irlanda al fútbol". No me contestó nada, apenas un gesto que quiso ser de sarcasmo pero fue más bien la revelación de que el tema no le hacía gracia. Insistí (me parecía divertido: Irlanda, Ecuador, Irlanda-Ecuador, ¿no debía ir sí o sí  ella a la cancha en un partido así?). Contestó sin mirarme: "No, no, no sé el resultado. Pero sí que debe haber sido un partido interesante para mirar. Muy interesante. Se deben haber dado con todo esos dos".

Esperando para el ecocardiograma, el último día de internación, me estacionaron la camilla al lado de la de un raro viejito que no hablaba ni se quejaba. Al rato, de la nada, me contó en castellano que se llamaba Francisco Cruz, que era de Puerto Rico, que tenía 82 años y que no tenía idea de por qué estaba ahí. Tres horas antes, estando solo en la casa de su hija en Queens, había venido la ambulancia y se lo había llevado. Tenía pasaje para volver a San Juan al día siguiente. Cuando salí del estudio, Cruz ya no estaba allí. Cuando pregunté por él, me dijeron: "Lo llevaron a otra área. Estaba aquí por error".

Ya casi no tengo fiebre. Diría que ya me siento bien, si no fuera porque cada día me siento mejor. El sábado para mí fue un muy buen día —leí el diario sentado en una silla, recibí amigos en un patio de luz natural que teníamos cerca—, pese a que, en sentido estricto, me sentía mal y estaba débil. Lo que te pone de buen humor es la narración de ir mejorando. Me gusta convalecer. (Y me parece un verbo muy literario: varios famosos convalecientes han escrito grandes vólumenes en hotelitos de la campiña europea, recuperándose de sus tifus y sus fiebres.) Recuerdo con tibieza las semanas que pasé en casa después de la primera operación, en 1984, sin ir al colegio. Me gustaba la atención que me prestaba todo el mundo y disfrutaba la épica de superarme día a día.

Yo recién ahora me reconozco como ser humano autónomo —levantarme, ducharme, tragar, escribir—, pero mis éxitos del jueves pasado —caminar hasta el baño, dormir dos horas seguidas— me emocionaban de la misma manera. Ahora soy un gil cualquiera que se pasa cinco horas seguidas viendo deportes en tevé (Boca; Spurs); la épica ha quedado atrás. Por suerte.

6 de junio de 2007

Volvimos.

El miércoles despierto pasó en un par de horas —taxi semidormido a las 6:15am, volando por la FDR vacía; en una camilla, más tarde, leyendo el aburridón perfil de McCartney en el New Yorker, contestando las preguntas de los anestesistas, un alemán y un japonés—, después me durmieron, me abrieron, me arreglaron y me cerraron. A la noche me despertaron un poco: me vieron sonreír, pero yo no me acuerdo. El 30 de mayo para mí no existió.  Y sin embargo...

Pesaba 84 kilos cuando empezó la operación y 90 kilos el domingo, por la famosa retención de líquidos. Los diuréticos me exprimieron: ahora peso 79 kilos y las últimas tres mañanas me desperté con una resaca como si hubiera pasado la noche de joda con LF Galtieri.

Hasta ayer no podía escribir ni una de estas capsulitas ingeniosas. No podía hablar por teléfono más de un minuto con nadie. Los partes de prensa se los dejé a I., que no se movió de mi lado en ningún momento. Tenía un catre desde el que podía ver una pantalla con mis datos. "Che, cruzaste la barrera de las 120 pulsaciones". A mí me jodían más la fiebre, constante; la anemia, un bajón;  la tos.

Peores han sido los estornudos. Estornudé tres veces desde la operación. En cada una de ellas, pensé que cuando abriera los ojos iba a ver perdigones de mi cuerpo enchastrados contra la pared.

Pero ahora estoy mucho mejor. Vi el capítulo que me había perdido de The Sopranos, el penúltimo de su historia. Tremendo. Comí pizza y helado. Eso le tiene que hacer bien a cualquiera.