A mí nunca me gustó Genesis, mucho menos Marillion —en el San Isidro de los '80, escuchar a Genesis te ponía en una categoría muy específica, de zapatos náuticos y libros de Tolkien—, pero puedo entender a Rodrigo, amigo viejo y blogger nuevo, cuando escribe:
Me acuerdo que a los 15,16 años me compré un cassete que se llamaba “Invasión 88”, era un compilado de bandas punk argentinas, yo iba a un colegio muy católico y conservador y mi forma medio autista de rebelarme era escuchar esas bandas que tenían nombres como Comando suicida, Rigidez Kadavérica, Los Laxantes, Flema, todo muy excitante y extraño. Me pasaba las tardes en la Bond Street en la época en que entrabas y había un grafitti que decía: “no te confundas, esta galería mezcla balas con skate”. Qué miedo. Ahí me pasaba horas buscando algún poster de Génesis o Marillion y leyendo revistas Pelo viejas. Sí, era medio contradictorio, me gustaba mucho el rock sinfónico (King Crimson, Camel, Gentle Giant) pero escuchaba punk nacional mal grabado y gritón. También me colgaba viendo las fotos de los Sex Pistols, la pinta de los cuatro pistolas era algo que atraía a cualquiera, esa pose provocadora y sucia me causaba admiración y respeto. Hace un par de años vi un documental sobre el punk rock en los 70 y la desilusión fue grande, los Sex Pistols no eran más que cuatro idiotas, casi retardados, quemados por aspirar pegamento. Los mostraban dando una entrevista, haciendo lío, y daban lástima, eran cuatro estudiantines en Bariloche tratando de prender fuego la nieve. Una idiotez.
Yo sigo siendo un poco punk. Mis contemporáneos dejaron a los Ramones por Caetano Veloso. A mí, todo lo que no sea rock me parece vida salvaje, terra incognita, the wilderness.

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