Blog personal
de Hernán
Iglesias Illa

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30 de diciembre de 2007

Golden Boys | La Nación II

Reseña de Golden Boys, atenta y mayormente favorable, en ADNcultura, de La Nación. Éstos son los dos primeros párrafos:

Envidiados, despreciados y por encima de todo desconocidos para el común de la gente que sin saberlo ha sufrido muchas de sus decisiones, los golden boys o pibes de oro que retrata este libro son algunos de los más de 300 jóvenes traders , banqueros de inversión y economistas argentinos que lucharon y triunfaron en Wall Street a partir de la década de 1980.

Movidos por la adrenalina y el afán de engrosar los bonus de fin de año que les pagan los grandes bancos en los que trabajan, jugaron una ruleta financiera que ahora pretende disfrazarse de matemáticas y que decidió la suerte de países como el nuestro. Como escribe Hernán Iglesias Illa en Golden Boys. Vivir en los mercados , ellos son "los mercados". ¿Recuerdan aquellos títulos que no hace tantos años bajaban la palabra divina a nuestros diarios y resumían: "Inquietud en los mercados" o "Satisfacción de los mercados"? Eran ellos, los mercados son ellos, con nombre y apellido -muchos con apellidos dobles-, de clase media y alta, bilingües, osados, posgraduados, muy capaces y, sobre todo, con mucha buena suerte.

Y éstos son los otros.
 

28 de diciembre de 2007

Sumándome al coro desafinado de elucubraciones, llanto y profecías sobre el próximo director del Bafici, el cargo más importante de todo el organigrama del gobierno de la CABA, pego debajo un articulito publicado hoy por Ámbito Financiero (link aquí, aunque a veces pide clave y contraseña), y enviado a mi buzón electrónico por fuentes inobjetables. Ni Musaluppi ni Flehner: Wolf.

Ambito_bafici

23 de diciembre de 2007

Desde hace una semana que sabía que Quintín iba a escribir hoy sobre los Golden Boys. Un poco me asusté, porque poco antes había sido bastante crítico con su amigo Daniel Guebel y ese mismo día había destrozado, sin el lenguaje ambiguo habitual del género, la nueva novela y la manera de pensar de Martín Kohan.

No me consolaba la buena relación que teníamos, pese a nuestras peleas públicas en torno a la santidad de Juan R. Riquelme, después de dos años de e-mails en el grupo de correo de TP y un único encuentro cara a cara, el mes pasado, caminando por Brooklyn. Para Quintín eso no es tan importante.

Finalmente, el día llegó. Fui absuelto. Es hasta ahora el comentario más intenso y bistúrico que he recibido sobre el libro (tampoco es que haya habido muchos). Un párrafo de muestra:

Iglesias Illa hizo un gran trabajo para entender y explicar con precisión el mundo de las altas finanzas desde dos lugares complementarios: la subjetividad de estos aprendices de brujo que se encontraron un día sentados en la cima del mundo y la objetividad de lo ocurrido en esos años en un medio oscuro para el público. El libro muestra que ni los columnistas económicos del diario más leído del país saben de qué hablan cuando tocan el tema y que, por lo tanto, hay que partir desde cero. Explicarnos, por ejemplo, que Wall Street no queda más en la calle de ese nombre y que un broker, figura a la que se le suele atribuir aquí un tremendo poder, es poco más que un pinche en el negocio.

El resto, acá.

22 de diciembre de 2007

Mario Vargas Llosa está tan contento con los juicios a Fujimori en Perú que se le fueron las ganas de chequear sus datos o hacer un poco de memoria. Quizás por eso dice "creo que". En La Nación de hoy:

Es la primera vez en la historia del Perú, y creo que en América latina, que un gobierno democrático, siguiendo los procedimientos legales y respetando las garantías que establece el Estado de Derecho, juzga a un ex dictador por los crímenes y robos que cometió en el ejercicio arbitrario del poder.

Hey. Más respeto. Y a la cola.

20 de diciembre de 2007

Crisoda

Cuando éramos todos antimenemistas, estas cosas nos volvían locos. La farandulización de la política, decíamos. O: "Un presidente frívolo es incapaz de tener sensibilidad social", usando un término de la época.

Ahora ya no nos importa. Y hacemos bien.

18 de diciembre de 2007

Fútbol en Brooklyn

Llevo un par de meses jugando al fútbol, o intentándolo, en la cancha de básquet del gimnasio que está a la vuelta de casa. Al principio no quería ir, porque el programa del gimnasio (pdf) dice que los lunes, después de las 7:30pm, es "Co-Ed Soccer Night (Pick up games)". Co-Ed quiere decir mixto. Como soy argentino, y los argentinos tenemos reglas muy claras para estas cosas, supuse que nunca iba a jugar. Un par de noches, sin embargo, espiándolos desde el piso de arriba, transpirando en la máquina elíptica, riéndome-ahogándome con algún episodio viejo de Seinfeld en la pantallita de mi trotadora, vi que había solamente una mujer, y que además jugaba bastante bien. Dejé el automatismo rioplatense y me presenté el lunes siguiente, con mis Topper verdes descoloridas y una remera gris con agujeros, como para diferenciarme lo más posible de los gringos *brutos* que tenían botines nuevos y camisetas del Manchester United (¡o de Boca!) pero jugaban pésimo.

Descubrí rápido que no eran ni tan gringos ni jugaban tan pésimo. El parquet de madera lustrada, poco habitual en las canchas porteñas, y la pelota bien inflada, patinosa como una bola de bowling, conspiraban contra mi pausa y mi toque de primera, las dos únicas cualidades futbolísticas que, a estad edad y con este cuerpo, todavía puedo ofrecer. Como además los muchachos juegan con las paredes, lo que provoca jugadas eternas y alocadas de varios minutos sin interrupciones, en aquellos primeros partidos me sentía como un tenista argentino en Wimbledon: viéndola pasar en una superficie que no se acomodaba a mis deseos de lentitud.

Más me molestaba el sistema de juego. Dos equipos de cinco, con arcos grandes pero sin arquero, para acelerar la rotación, y los partidos a un gol. Había veces que a algún distraído le pasaba la bola por abajo de la suela y el partido duraba cinco segundos. Lo peor no es era sino la conformación de los equipos: algunas noches somos 17; otras, 23; otras, 19. Si hay dos tipos esperando para jugar, no se suman a alguno de los equipos ya armados, sino que rompen algunos de los que acaban de perder y se llevan a los tres que les faltan. Cuando somos 17, la aritmética es fácil; cuando somos 26, como anoche, la cosa se complica, porque uno ya no sabe cuándo le toca jugar. Ayer, por ejemplo, después de cada gol, salían al trote siete u ocho tipos hasta la cancha y empezaban a mirarse unos a otros, con las manos en las caderas, hasta que los más débiles de carácter pegaban la pera contra el cuello y se volvían al banco de suplentes. Yo generalmente soy uno de ellos, en parte porque soy débil y en parte porque considero que mi deber es preservar el grupo y mejorar nuestra experiencia futbolística. Es por eso que el otro día le presenté mis ideas a Marcello, un treintañero italiano bajito y bonachón que parecía tener cierto ascendente sobre los demás y me había dicho que llevaba más de un año viniendo los lunes.

"Marcello", le dije hace dos semanas, después de haber jugado y perdido juntos, mientras tomábamos agua. "Esto es un quilombo. Uno nunca sabe cuándo le toca jugar. Además, los equipos se desarman todo el tiempo. No es nada competitivo. Hay muchos pibes que no les importa perder o ganar, que no ponen ganas, y yo creo que es porque no se sienten parte de un equipo. ¿Por qué no hacemos tres o cuatro equipos semi-fijos cada noche y los que se van sumando entran como suplentes de esos equipos? Creo que eso le daría más seriedad, partidos más chivos, algo más divertido". (No dije quilombo: dije mess.)

Marcello miró para abajo, hizo una cosa rara con los labios y me contestó: "No, no sé. A mí me parece que está bien. Acá venimos a conocer gente, a hacer amigos. Si se hace un poco competitivo, después la gente empieza a pelearse. ¿Para qué cambiar? Así está bien."

Así no está bien, pensé yo, pero no dije nada más. Me quedé pensando en si esta insistencia mía por darle tensión competitiva a los partidos tenía que ver con el hecho de ser argentino. A los argentinos no nos excitan mucho los esquemas colaborativos: son las tensiones las que nos encienden y sacan los mejor, y a veces lo peor, de nosotros. En la piletita tibia del consenso, organizamos carreras a ver quién llega primero a la orilla. También como futbolistas amateurs: estamos acostumbrados a partidos buenos: cualquier decena de porteños, por más pataduras que sean, jugan cinco contra cinco una hora entera a cara de perro, con espesor táctico y llevando la cuenta de los goles. Hacer cambios en los equipos, aun en los partidos desiguales, es horrible; jugar cuatro contra cinco, cuando algún falluto no llega a tiempo, es una tragedia; y aceptar que alguien juegue en jeans o alpargatas, como se presentó ayer un jamaiquino simpático y gambeteador, absolutamente impensable. En enero empieza un torneo al que me invitaron otros amigos: no veo la hora de que empiece. Llevo demasiado tiempo sin insultar a un árbitro.

15 de diciembre de 2007

Un reportero en Wall Street | La Nación

Estamos en Londres, cuatro días. Escribo esto en una computadora vieja de un hotel con baño compartido en Vincent Square, cerca de Victoria Station, el más barato que encontramos. En todo el mundo menos en Argentina ganar en dólares no sirve para nada: está todo carísimo. La primera noche la pasé en Surbiton, a 20 kilómetros, en la casa del legendario Huili Raffo, a quien finalmente le conocí la cara después de dos años de e-mails y skype. Y ahora acabo de pagar dos libras para ver el articulito mío que salió hoy en ADNcultura, el suplemento de La Nación, y que empieza así:

Un domingo de marzo de 2005, poco después de mudarme a Nueva York, pasé el día en Greenwich, Connecticut, en la casa de un amigo de un amigo. Estaban con él otros argentinos del sistema financiero: comimos entraña, tomamos malbec, hablamos de fútbol. A una hora de tren al norte de Manhattan, Greenwich es una de las ciudades más ricas de Estados Unidos y hogar de muchísimos banqueros y traders . Esa tarde de invierno, mientras volvía dormitando en el tren de vuelta, me acordé de un viejo artículo de Douglas Coupland, el autor de Generación X , sobre Brentwood, un suburbio acaudalado de Los Ángeles. En el artículo, Coupland recorría Brentwood en su auto, despacio y en silencio, describiendo las casas y los negocios con el tono de un entomólogo. Hablaba con las señoras que salían del gimnasio y con los jardineros mexicanos que transpiraban en los parques. Y no opinaba nada: los dejaba ahí, desnudos sobre la página, como si les hubiera sacado una foto sorpresa. Me di cuenta de que en aquellos argentinos, y también en sus vecinos latinoamericanos, en las calles apacibles y coquetamente bucólicas de Greenwich, en sus restaurantes, su playita y sus clubes de campo, había una historia para contar.

En esas mismas semanas había empezado a jugar al fútbol, en Manhattan, con algunos economistas y analistas argentinos de grandes bancos de inversión. Un par de años antes, yo había leído sus nombres en los diarios, durante la crisis argentina de 2001-2002, y ahora estaban ahí, conmigo, dando patadas e intentando gambetas los sábados a la mañana en el pasto sintético de Chinatown o Chelsea Piers. ¿Quiénes son estos pibes?, me pregunté. ¿Por qué no sabemos nada de ellos?

Y sigue así.

6 de diciembre de 2007

$250 por semana | Perfil

Columna sobre los seis años del corralito en Perfil, publicada el domingo pasado. Empieza así:

La conferencia de prensa en la que Cavallo anunció el corralito mostró el contraste entre el insólito optimismo racionalista del ministro y la urgencia de una sociedad exasperada. En la ronda de preguntas, una periodista de una radio le dijo a Cavallo algo así como: “Ministro, pero yo tengo que pagar la obra social, el colegio de mis chicos, las cuentas de luz y gas, y eso solo ya son mucho más de los $ 250 por semana que usted me va a dejar sacar del cajero automático. Es imposible. ¿Cómo vamos a hacer? ¡Es imposible!”. Cavallo, tranquilo, le contestó a la mujer que podía hacer todos esos pagos con cheques o tarjeta de débito y limitar el uso de efectivo sólo a los lugares donde no aceptaran tarjetas, como taxis o verdulerías de barrio. La mujer, apenas visible en el ángulo inferior izquierdo de la televisión, asentía, como entendiendo lo que el ministro le estaba diciendo, pero después volvía a rendirse al fatalismo: “Igual creo que es imposible. No puedo creer que nos estén haciendo esto”.

Y sigue acá (pdf, el artículo no está online).

5 de diciembre de 2007

Ayer hablé con Chiche Gelblung en Radio 10. Como me llamaron media hora antes de lo que me habían dicho a la mañana, me agarraron en el café donde laburo muchas tardes. Hice la entrevista ahí, en voz alta, por el celular, pidiendo perdón a los parroquianos por el bochinche. Después de todo, yo fui el que hace dos meses pegó en una de las paredes un cartel que dice:

Please keep your phone calls short or low

Chiche, como casi todos los periodistas, está obsesionado con los sueldos de los Golden Boys. Yo les prometí a los implicados, a cambio de que me contaran cuánto ganaban o cómo era su estructura de ingresos, que iba a ser cuidadoso con el asunto. Y creo que lo fui. En las entrevistas se me está haciendo más difícil, porque es *el* tema, o uno de los temas, del que todos quieren hablar.

Ayer también salió una nota en El Cronista, a la que no puedo linkear porque está protegida por una muralla contra no suscriptores. Pero yo tengo clave, así que le saqué una foto y está aca debajo. Como pasa casi siempre, me cuesta reconocerme en algunos de los *quotes* atribuidos a mi nombre, pero creo que en general la nota está muy buena. También obsesionada con los sueldos, pero bueno.

Cronista_golden_boys

3 de diciembre de 2007

Una extraña variante de restaurante étnico en Nueva York son los restaurantes mexicanos regenteados por chinos: son unos pasillos finitos de azulejos blancos, encandilados por el neón del techo, con fotos desteñidas de tacos moribundos en una pared cerca del techo. Parecen el comedor de una morgue y casi nunca hay nadie. No sé si son muchos, pero había uno a la vuelta de nuestro departamento en Christopher Street, en Manhattan, y hay otro acá a la vuelta, sobre Court Street, con el malísimo nombre de "The Fres Co. Tortilla".

Anoche volvíamos a casa sin mucho hambre, crepitando sobre la nieve recién caída —la primera del año, lavada poco después por la lluvia de la madrugada—, y le pedí a I. parar ahí, por primera vez en los casi dos años que llevamos en Brooklyn. Todo era muy barato: un dólar los tacos, tres las quesadillas. Dos dólares los Jarritos de mandarina. Era muy sospechoso ver a los dos chinos del fondo, afanados y saltarines, lidiando con las quesadillas y los burritos. Me da más confianza la quietud paquiderma de los cocineros mexicanos. La china de la caja, bajita y malhumorada, gritaba consigna para sus esclavos-primos del fondo. No se entendía nada de lo que decía salvo las palabras clave: "¡Chon huei hi mei TACO choi!", "¡BURRITO mei gun chei pai!"

Mientras la oía dar sus órdenes, me acordaba de los relatores de la televisión árabe, a los que escucho a veces cuando veo partidos de la Liga española por Internet: "¡Jramdi jramdi arresjoi bulum AGÜERO!, ¡Birrijaia birrijaia AGÜERO! ¡AGÜEROOOOOO!"

Una palabra me puso a pensar en posibles declinaciones de los chinos al final de las palabras, como los rusos de ahora o los romanos antiguos: "¡Guacamo-na!", gritaba la china. "¡GUACAMO-NA!" Las quesadillas y los tacos, que comimos en casa viendo Trust the Man, una película floja pero por encima de las mínimas expectativas de una noche de domingo de invierno, estaban buenísimos.