La Nación lleva ya un par de años siendo el diario argentino con la mejor y más innovadora página web. Está claro que son los que más plata le ponen y los que más parecen estar preguntándose qué demonios le espera en el futuro a los diarios de papel.
Sin embargo, el diario pierde buena parte de su optimismo, sus ganas de innovar y de ser el primero, cuando sus periodistas especializados escriben en sus páginas sobre Internet.
Hoy la tapa de ADN Cultura, el suplemento cultural de La Nación, la ocupa una nota titulada "La revolución cibercultural" y está firmada por Gastón Roitberg, quien no sólo es redactor del diario sino también gerente de contenido de Lanacion.com. (Disclaimer: publiqué hace poco una nota en ADN y estamos conversando con sus editores para publicar más cosas. Además, en diciembre publicaron una reseña sumamente generosa sobre mi libro. Mi neurona prudente, por lo tanto, me está pidiendo a gritos que deje de escribir ya mismo. Intentaré ser lo más gentil posible.)
Si alguien se despertara hoy de un coma y lo primero que le dieran a leer con el desayuno fuera la nota de Roitberg, esa persona pensará que Internet es un fenómeno desgraciado, al que casi todo el mundo se opone y cuyos efectos negativos son mucho más poderosos que los positivos. Yo no estoy para nada de acuerdo con esa descripción.
Un primer problema de la nota, quizás anterior a Roitberg, es esta insistencia de la prensa argentina de escribir notas gordas y generales sobre temas gordos y generales, imposibles de bajar a tierra y hacerlas mínimamente cercanas para quienes las están leyendo. Casi invariablemente, estas notas se escoran hacia el ensayismo o la monografía y a las citas de sociólogos franceses. Como Roitberg escribe bastante bien, estos defectos tienden a ser menos graves que en otros artículos habituales. Pero termina al final escribiendo un ensayo con entrecomillados de sociólogos franceses.
Toda la nota en general me huele a otra época: la sentí mucho más "1999" que "2008". Ya la palabra cibercultura, título y centro de gravedad del texto, es un poco noventosa. Tengo la sensación de que es una palabra que ya ha tocado su techo de popularidad académica y está en declive desde hace por lo menos un par de años.
Después están las fuentes. Miren las fechas de los primeros artículos citados: 2001 (Alejandro Piscitelli), 1984 y 1981 (William Gibson), 1996 (Manuel Castells), 1996 (Jorge Rivera), (probablemente) 2000 (Armand Matellart), 1995 (Negroponte) y 1997 (Giovanni Sartori). ¿Había necesidad de ir tan lejos? Yo creo que no. Después la nota se pone un poco más actualizada (Chris Anderson, 2004; De Charras, 2007; Wolton, 2005), pero volviendo siempre a la base, generosa en citas citables, de los sociólogos franceses o europeos. Googleando a estos sociólogos me di cuenta de otra cosa: nacieron casi todos antes de 1950 y algunos, como Matellart o Sartori o Zygmunt Bauman, mucho antes, con lo que la Internet ya los agarró de grandes. ¿Hay que prohibirles entonces a la gente mayor opinar de Internet? Más bien que no. Pero parte del tufillo conservador de la nota quizás se deba a que hay muchas fuentes de sociólogos maduros y pocas de gente que analice la "cibercultura" desde adentro.
Pero basta de todo esto, que se está poniendo denso. Vamos al fisking, que es lo que tenía ganas de hacer desde el principio. Hay varias frases de la nota de Roitberg que atacan injustamente a Internet o me parece que están directamente mal argumentadas o muestran una nostalgia por el pasado pre-Internet para mí insólita en un pibe al que supongo de mi generación. Ahí vamos. Éste es el primer párrafo de la nota:
Hace quince años, los argentinos colmaban las bibliotecas públicas para
conseguir información, estudiar o investigar, iban de los shoppings
a los locales para comparar precios de diferentes productos, ponían
anuncios en carteleras urbanas para publicitar la compra o venta de sus
bienes o utilizaban masivamente los libros de quejas para calificar un
servicio en forma negativa, entre otras prácticas. Hoy, esas mismas
costumbres perduran, pero también -y cada vez más- tienen lugar en la
pantalla de la computadora, sin la riqueza insustituible del contacto
personal. La llamada "cibercultura" llegó para quedarse, y ha producido
un cambio de paradigma del que no parece haber vuelta atrás.
¿Hace quince años los argentinos colmaban las bibliotecas públicas? Por supuesto que no. ¿Ponían
anuncios en carteleras urbanas para publicitar la compra o venta de sus
bienes? ¿Utilizaban masivamente los libros de quejas para calificar un
servicio en forma negativa? Quizás, pero no masivamente. Hace 15 años las empresas de servicios públicos estaban recién privatizadas y, por más beneficios que tuviera la propiedad estatal de las empresas, estoy seguro de que los libros de quejas no eran uno de ellos. De todas maneras, la expresión clave del párrafo es "sin la riqueza insustituible del contacto personal". La palabra siguiente es cibercultura: ya, por el tono, sabemos que mucho no nos gusta. (Sobre "la riqueza insustituible del contacto personal": no echo de menos –y creo que en esto pertenezco a la mayoría– el contacto personal con los cajeros de los bancos ni, por ejemplo, con los entusiastas empleados de las agencias recaudadoras de impuestos. Y agradezco a Skype que me deje verle le cara y hablar con mi sobrino gratis todas las semanas. La webcam no tendrá la "riqueza insustituible del contacto personal", pero le gana por afano al teléfono y al email.). Otro párrafo:
Pero dado que la vida cibernética no es tanto
una actividad individual como una experiencia compartida, también se
tiene la posibilidad de construir comunidades de usuarios en torno a
intereses comunes, con un único inconveniente todavía irresoluble: la
ausencia del contacto cara a cara.
Otra vez el tema del "cara a cara". Dos comentarios: el primero es que no es un "inconveniente irresoluble". Muchísimas relaciones –de intereses comunes y también románticas– empiezan en Internet y siguen en la "vida real" y después vuelven a Internet, o a una mezcla de ambas: la frontera es mucho más permeable de lo que Roitberg da a entender. Yo, por ejemplo, tengo relación con un puñado de periodistas y escritores y jefes a los que nunca les vi la cara, o sólo nos vimos una vez. Durante dos años participé en el proyecto de Los Trabajos Prácticos sin conocerle la cara a ninguno de los otro cuatro miembros principales. Nunca pensé eso como un inconveniente, sino todo lo contrario: sin Internet, TP no habría existido. Otro:
[Laura Siri, escritora, docente y periodista especializada en tecnologías de la información] añade: "Buscar en Internet ya es sinónimo de googlear
. Si algo no aparece indexado en Google, es como si no existiera en la
Red. [...] Sería
deseable, por ejemplo, que si uno busca información sobre Mali,
aparecieran en primer término fuentes propias de ese país africano, y
no lo que dice el FactBook de la CIA sobre él. Cuesta creer que ese
país no tenga nada que decir sobre sí mismo".
Laura Siri publicó hace un par de semanas en el diario Crítica un par de artículos (aquí la parte uno, aquí la parte dos) titulados, con mucha humildad, "Diez gansadas sobre internet (y de cómo las repetimos a coro)". No me gustaron mucho las notas: mezclaba peras con bananas (¿qué tiene que ver el voto electrónico con Internet?) e insistía con un argumento presuntamente de izquierda que consiste en criticar a Internet porque, lejos de democratizar la información, aumenta las diferencias entre quienes tienen acceso a ella y quienes no la tienen. Es un argumento que para mí es fácil de rebatir. Por un lado, sabemos que el acceso a Internet ayuda a todos quienes lo consiguen (lo dice ella misma): entonces lo que tenemos que hacer es dárselo a quienes no lo tienen. El problema no es de Internet. Es como si la vacuna contra el sarampión hubiera sido criticada por excluyente porque diez años después de inventada sólo se había vacunado a un cuarto de la población mundial. ¡La culpa, claramente, no es de la vacuna!
Sobre Google y Malí. Roitberg se podría haber tomado el trabajo de al menos chequear lo que le estaba diciendo Siri. Si uno busca "Mali" en Google.com, que otorga prioridad a las páginas en inglés, efectivamente el segundo resultado, por detrás de la entrada de Wikipedia, es la del Factbook de la CIA. Pero si uno hace la búsqueda en francés, que es el idioma oficial de Malí, el segundo resultado, también detrás de Wikipedia, es el del sitio oficial del gobierno de Malí. (Buscando en castellano, la web de la CIA no figura en la primera página de resultados). Si a Siri le "cuesta creer que ese
país no tenga nada que decir" es porque tiene razón: Malí tiene mucho para decir. Pero sólo a aquel que sabe buscar. Seguimos:
La revolución multimedia tiene numerosas ramificaciones en la que
Internet ocupa un lugar central, pero donde coexisten otras redes
digitales. En términos de Giovanni Sartori, se trata de la convivencia
y lento desplazamiento del homo sapiens , producto de la cultura escrita, al homo videns, que rinde culto a la imagen.
Homo Videns es un libro sobre la televisión, no sobre Internet. Su tesis principal era que, a medida que leíamos menos libros y mirábamos más televisión, nos estábamos embruteciendo y convirtiéndonos en una sociedad boba. Hoy podemos decir, con toda humildad, que Sartori la pifió. El mundo de hoy quizás no sea una euforia de cultura letrada, pero seguramente es mucho más letrada que la de hace diez años. Hay millones de personas (incluyendo profesionales y oficinistas) que podían pasar meses sin escribir una línea y que ahora escriben decenas de emails o posts o mensajes de texto por día. Hay mensajes mal escritos, faltas de ortografía y abreviaturas arbitrarias, es cierto, pero eso no debilita, creo, mi argumento: entre no escribir y escribir como se puede, siempre es más "cultura letrada" lo segundo. Aunque ahora está empezando a ser más visual, durante su primera década de vida Internet fue un medio eminentemente escrito. Y su popularidad ha tomado por sorpresa a los apocalípticos como Sartori. No soy el único que lo dice: lo que no encuentro ahora es el link buenísimo sobre el tema que tengo guardado en algún lado. Sigue la nota:
Pero el hecho de que Internet se pretenda masiva y la maquinaria
publicitaria haga su trabajo de manera eficiente, no significa que lo
sea. En todo caso, como señala De Charras, se trata de una masividad
segmentada: "Uno de los mayores limitantes de la masificación de
Internet es su naturaleza excluyente. Se requiere de un capital
económico que garantice una infraestructura básica para poder acceder y
un capital cultural que permita manejar una PC [u otro dispositivo] y
ordenar, procesar y seleccionar la información disponible".
Está contestado más arriba. Hay que tener mucha mala leche para decir que Internet tiene una "naturaleza excluyente". Les pregunto a De Charras y a Roitberg: ¿dirían ustedes que la naturaleza de la energía eléctrica, la radio o la televisión es "excluyente"? Probablemente no: el 99% de los hogares de Argentina y casi todos los países de Occidente tienen las tres cosas, así que es imposible que su "naturaleza" ser excluyente. Pero en algún momento de l historia sólo las familias ricas tenían luz eléctrica o radio o televisión. ¿Eran en ese momento excluyentes? Tampoco. Por otra parte, ninguna de estas tres tecnologías, ni otras como el teléfono, puede presumir de una propagación tan rápida como Internet, que en poco más de una década ya ha llegado al 25% de la población mundial. Me gustaría compararla con el teléfono celular, porque deben estar parejos. Hace poco vi un grafiquito buenísimo (tampoco me acuerdo el link: ¡perdón!) sobre cuánto habían tardado distintas tecnologías en llegar al 10% de la población mundial. Internet era la más rápida, con mucha diferencia sobre las otras. Más:
Para Pablo Boczkowski, investigador de medios on-line
en la Northwestern University, Internet presenta una doble personalidad
de espacio que promueve la diversidad cultural, pero donde la mayoría
de la audiencia está en unos pocos sitios. Estos grandes jugadores
adquieren una posición dominante en el mercado de bienes digitales de
tipo cultural -explica Boczkowski- y a pesar de la aparición de
competidores de nicho por los bajos costos operativos que tiene un
proyecto digital (en comparación con otros negocios), "estamos en
presencia de un espacio donde unos pocos tienen mucho, y muchos tienen
poco".
¿Quiénes son estos grandes jugadores? ¿Yahoo, Google? Supongo. Igual no entiendo la frase de Boczkowski (ver currículum). Dice esto ("unos pocos tienen mucho, y muchos tienen
poco") justo después de cinco años en los que la explosión de los blogs y las comunidades online han hecho explotar en mil pedacitos la forma en la la gente navega por Internet. Quizás las cifras le dén la razón (quizás hay tres o cuatro sitios que acaparan el 80% o más de las visitas, aunque no lo creo), pero de todas maneras la tendencia (la película) es hacia la atomización, no a la concentración.
Por otra parte, "unos pocos tienen mucho, y muchos tienen
poco", ¿comparado con qué? ¿Con la televisión? Ahí había, hasta hace un par de décadas, tres o cuatro canales y el resto, literalmente, mirábamos. ¿Con los diarios? En la mayoría de las ciudades, la industria de los diarios era un casi monopolio. La porosidad de Internet, en cambio, para romper esas barreras no tiene precedentes: esta semana, los blogs argentinos sobre política y temas agropecuarios han tenido decenas de miles de visitas.
No puedo creer lo largo que se ha hecho esto. El fisking ha terminado. Roitberg cierra el artículo con una nota positiva, elogiando finalmente al "ciberusuario" por sus contribuciones a la conversación global. Igualmente, el espíritu general de la nota es de desasosiego y pesimismo, en consonancia con sus fuentes: los intelectuales franceses tienden a ser desasosegados y pesimistas. Quizás quede más "inteligente" el pesimismo que el optimismo; a menudo ha sido así. Probablemente sea el famoso "espíritu crítico". Para mí es una pena, porque creo que el balance de Internet, una docena de años después de su nacimiento, es abrumadoramente positivo. Razones tengo miles, pero me parece que veinte párrafos por hoy son más que suficientes.
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