Estuve en São Paulo a principios de diciembre. Me llevé la Flip Mino HD. Me puse a jugar con iMovie.
Salió esto:
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Estuve en São Paulo a principios de diciembre. Me llevé la Flip Mino HD. Me puse a jugar con iMovie.
Salió esto:
24 de diciembre de 2009 | Enlace permanente | Comentarios (0)
Quo presenta al “cerebrólogo” que sostiene que el código genético puede determinar las decisiones; para Steven Pinker, profesor de Harvard, la evolución del cerebro nos ha hecho menos violentos.
Por: Hernán Iglesias Illa
NUEVA YORK—Steven Pinker, un hombre de rizos grises y ojos azules que habla con calma y sin decir nunca una palabra de más, no es sólo uno de los psicólogos y "cerebrólogos" más reconocidos del mundo. También es el principal referente de una nueva generación de científicos que se ha propuesto un objetivo que va mucho más allá del sentido estricto de la ciencia: Pinker y sus contemporáneos -biólogos moleculares, lingüistas, genetistas y psicólogos evolutivos- quieren acercarse lo más posible al conocimiento de la naturaleza humana.
No del "alma" humana, porque Pinker cree que los hombres no tenemos un alma (entendida como un motor no químico que nos da fuerza o conciencia), sino del misterioso proceso en el cual nuestros genes se combinan con nuestro entorno para tomar decisiones que ni siquiera nosotros podemos explicar como ¿por qué nos gusta la música?
Con las herramientas que tenemos ahora es imposible saber exactamente el porqué, pero Pinker y los nuevos científicos que quieren volver a unir la biología con la vida cotidiana dicen que hay información en nuestros genes que influyen en elegir la música que nos gusta, y que se combinan con la información que recibimos de nuestro entorno, para finalmente tomar nuestra decisión.
¿Eso quiere decir que pronto podremos describir y predecir cada uno de los actos de la vida humana, que se acabará el misterio y nos volveremos prisioneros de nuestros genes? "No, en absoluto", responde Pinker, rock star del mundo científico norteamericano, en diálogo con QUO. "El cerebro es una máquina maravillosamante compleja, con 100,000 millones de neuronas y 1 billón de sinapsis. No creo que la ciencia logre jamás predecir la conducta de alguien hasta la última decisión".
16 de noviembre de 2009 | Enlace permanente | Comentarios (1)
Entrevista exclusiva a Orhan Pamuk
"En todas las novelas se envidia la realidad"En Harvard, el escritor turco, Premio Nobel de Literatura, habla de su última novela y de su insólita idea metaliteraria: construir un museo real con recuerdos de mentira. Un amor de primavera.
por Hernán Iglesias Illa
En El Museo de la Inocencia, la nueva novela de Orhan Pamuk, un personaje colecciona 4.213 colillas fumadas por la mujer que ama. En la entrada del Museo de la Inocencia, el museo real que Pamuk inaugurará el año que viene en Estambul, habrá una caja de vidrio de cinco metros por tres metros con 4.213 puchos verdaderos dentro. En la novela, Pamuk cuenta la historia de Kemal, que vive durante dos meses y recuerda durante treinta años el romance de primavera que le cambió la vida. En una esquina del barrio de Çukurkuma, en la mitad europea de Estambul, Pamuk ha construido un museo y lo ha llenado con los objetos, las fotos y los sonidos con los que Kemal homenajea a Füsun, la prima lejana y pobre que en 1975 interrumpió la placidez de su vida burguesa.
"Esto", dice Pamuk, sin aclarar si se refiere a la novela o el museo, "no es un monumento a la vida de Kemal, sino un monumento a su amor por Füsun". Sentado en el living de la casa que la Universidad de Harvard le alquiló para vivir este cuatrimestre, Pamuk, Nobel de Literatura en 2006, enumera entusiasmado los contenidos del monumento: "La cosas que ella toca, las cosas que él le va robando a lo largo de los años... Habrá fotos y sonidos de los barrios que visitan, y una sala especial para el salón del hotel Hilton donde Kemal hizo su fiesta de compromiso". De pronto, una mueca extraña se congela en la cara, y su obsesión se confunde con la de su personaje: "En cualquier caso, el museo no va a estar terminado hasta que yo me muera. Quiero decir: llevo diez años coleccionando objetos para este museo y creo que lo seguiré haciendo mucho tiempo más".
El Museo de la Inocencia , narrado en el mismo tono lírico-melancólico que ha hecho famoso a Pamuk, es sencillo y por momentos conmovedor. Pero también es un libro clásico y organizado, que no está nada interesado en expandir el arte de la novela o hacer tartamudear los géneros. Su costado más vanguardista es, sin dudas, la idea insólita y extrañamente metaliteraria de construir un museo con ladrillos de verdad y recuerdos de mentira, con visitantes reales que sólo si han leído el libro comprenderán qué significan esos saleros y esas entradas de cine. Pamuk, sin embargo, en esta tarde de otoño en Cambridge, dice de pronto que no quiere hablar del museo. Quiere hablar del Museo, la novela que se lanza este mes. "Hablemos del museo más tarde", pide, sentado en el borde del sofá y moviendo mucho las manos. "No quiero que los lectores confundan un museo con el otro".
Pamuk se pone de pie y ofrece té. Tiene el pelo gris un poco despeinado, más largo que en las solapas de sus libros, y un uniforme de escritor de entrecasa compuesto por pantalones grises y un suéter azul que le queda grande. Unos anteojos rectangulares de marco plateado encuadran dos ojos chiquitos pero traviesos, que apenas pueden esconder su frustración hacia las preguntas que ya ha contestado mil veces o develar su entusiasmo con las preguntas que le interesan.
Dos temas sobre los que a Pamuk no le gusta hablar son el Nobel y su situación judicial en Turquía, donde sus denuncias sobre el genocidio armenio y su campaña a favor del ingreso de Turquía a la Unión Europea han provocado la ira de distintos grupos nacionalistas, que llevan media década persiguiéndolo y amenazándolo. "No es importante", dice con sequedad. "Ultimamente ha habido pocos cambios en el proceso legal". Sí se permite contar cómo logró mantener la calma en años tan intensos. "Una de las cosas que me salvó fue este libro", reconoce, agarrando de la mesa ratona y dándole una palmada a un ejemplar en inglés. "Estaban pasando muchas cosas: las denuncias políticas, las amenazas de muerte, mis viajes, el Nobel... En todos estos años mi vida fue muy activa, pero a todos lados llevaba conmigo esta novela. Este libro me permitió sobrevivir, y me convirtió en una mejor persona".
Cuando recibió el Nobel, Pamuk ya tenía lectores en todo el mundo y estaba envuelto en un enorme embrollo político-judicial en Estambul, donde desde entonces vive protegido por una custodia de cuatro guardaespaldas. Además, al ser un ejemplo de musulmán refinado y cosmopolita, se había convertido en una esperanza de puente cultural entre Oriente y Occidente. Con tanta importancia encima, Pamuk podría haber escrito una gran novela que combinara su estilo tristón y abigarrado con grandes ideas sobre la vida, la política, la religión y la literatura. Prefirió no hacerlo: escribió una novela de amor y personajes que sufren la represión y el clasismo de la Turquía semioccidental y semimoderna de los '70 y los '80. "Es una novela en la que he puesto mucho trabajo", dice Pamuk. "Y también es una novela muy personal, donde están todos mis recuerdos de cómo era la vida en la Turquía de mi juventud".
Hace diez años, cuando recién comenzaba su proyección internacional, Pamuk empezó a darle forma en su cabeza al personaje de Kemal, intuyó que su amor monumental por Füsun se parecía a un museo y, en una decisión que todavía no puede explicar del todo, compró el terreno donde dentro de unos meses estará su museo de verdad. ¿De dónde surge una idea así? ¿En qué momento saltó la idea del museo desde las páginas de la novela al mundo de la ciudad real? "La verdad es que no lo sé", responde, sonriendo e intenta una explicación psicológica: "El hecho de que, antes de ser escritor, fracasé como pintor, probablemente ha tenido algo de influencia". Después, más interesante, es su acercamiento literario: "También creo que en todas las novelas hay una envidia de la realidad, sobre todo con las cosas visuales". En cualquier caso, estas respuestas no lo convencen: "Simplemente me pareció algo gracioso e interesante. No puedo explicarlo más".
[ El resto, en el sitio de la Revista Ñ. ]
7 de noviembre de 2009 | Enlace permanente | Comentarios (0)
La semana pasada, antes de volver a Brooklyn, pasé por el sótano de la casa de mis viejos y rescaté las dos últimas cajas de libros que me quedaban en Buenos Aires. Me senté frente a la tele durante la previa del River-Boca y decidí, mientras sacaba los libros de las cajas y estornudaba por el polvo húmedo que se me metía en la nariz, cuáles merecían el viaje transcontinental –cuáles merecían, de alguna manera, seguir siendo parte de mi vida– y cuáles habían envejecido o habían perdido la chispa que en algún momento habían tenido para mí. No eran muchos los libros que tenía que revisar ni fueron muchos los que finalmente decidí meter en la valija. Pero sí me acuerdo que me costó mucho tomar la decisión sobre Una enciclopedia de datos inútiles y Segunda enciclopedia de datos inútiles, dos libros de Homero Alsina Thevenet publicados por De la Flor que leí cuando tenía, creo, 14 y 15 años y que en ese momento me parecieron apasionantes: hoy, después de Google y la Wikipedia, no sirven de mucho, pero me acuerdo que aquellos artículos aleatorios sobre cine, historia, sexo, gramática, la Guerra de los Cien Años, lo que fuera, me abrieron una puerta a mundos absolutamente desconocidos para mí, y que mi adolescente cerebro de periodista (desde chiquito me gustaba saber un poco de todo y mucho de nada) los disfrutó muchísimo. Tanto que durante años seguí entrando a La Boutique del Libro de San Isidro, a la vuelta del colegio, para ver si Alsina Thevenet (que murió en 2005 y ahora está siendo rescatado por unas obras completas aparentemente interminables) había publicado la tercera enciclopedia, como si fuera una cosa anual o bianual. Me acuerdo que me gustaba, a los 14 años, caminar por la calle o por el colegio con el libro y que la gente o mis parientes me preguntaran, con una condescendencia un poco patética, que los hacía sentirse muy inteligentes, para qué quería yo una enciclopedia de datos inútiles. A mí, lejos de ofenderme, estos comentarios me hacían sentir una conexión con Alsina Thevenet, del que no conocía nada de nada, ni siquiera sabía que era crítico de cine, y con una comunidad hipotética de lectores de la que tampoco conocía nada pero sabía que en algún lado tenía que existir: todos ellos y yo sabíamos que el título de aquellos dos libros era un chiste y que nada de lo que uno lee es inútil ni tampoco demasiado útil.
[ El resto, acá. ]
5 de noviembre de 2009 | Enlace permanente | Comentarios (0)
[ Paseando por Factiva me encontré con esta nota que escribí para El Cronista, poco antes de mudarme a Nueva York. No me la acordaba. Y eso que era sobre el libro del amigo Rollo Tomasi. La advertencia final de Rollo, cinco años después, mantiene –como se dice siempre en estos casos– toda su vigencia. ]
Economía mirando al Sudeste
Por culpa de sus condiciones “genéticas”, la Argentina tuvo muchas veces que elegir entre equidad o crecimiento. Un nuevo libro pide paciencia
Un análisis de HERNÁN IGLESIAS
27 April 2004
La Argentina no ha podido, en los últimos 75 años, tener una economía que creciera vigorosamente y que, al mismo tiempo, promoviera la equidad. ¿Por qué ha sido así? Según un libro publicado recientemente por los economistas Pablo Gerchunoff y Lucas Llach no se debió (por lo menos, no sustancialmente) a la incapacidad de los ministros de Economía, la mezquindad de los políticos o la maldad del FMI: el problema, la triste elección entre equidad y crecimiento, la ha tenido que hacer la Argentina por las condiciones genéticas de su economía. Excepcionalmente dotada para la producción de alimentos (actividad que demanda una cantidad limitada de trabajadores), cada vez que intentó fomentar la industria –que permite (o permitía) un empleo masivo y, por lo tanto, otorgaba más equidad– lo hizo al alto costo de tener que cerrar la economía y, con ello, perder buena parte del crecimiento que da el comercio, dicen los autores de Entre la equidad y el crecimiento (Siglo XXI). De la misma manera, la Argentina posee la excepcional cualidad de que su sector más dinámico coincide con la canasta familiar, por lo que durante mucho tiempo fue un gran negocio político (especialmente, durante el peronismo) hacer difícil la exportación de alimentos, para así mantenerlos baratos.
Durante los últimos años, dos líneas opuestas (a las que los autores llaman la la nostalgia peronista y la nostalgia liberal) intentaron explicar el mediocre desempeño argentino. La primera, usada no sólo por el PJ, idealiza la tibieza proteccionista, y afirma que cada vez que la Argentina abrió su economía al mundo le fue mal. La segunda afirma que el problema de la economía han sido los bruscos cambios políticos y de las reglas de juego. “Discutimos con estas dos tradiciones, intentando hacer una historia de la economía que vaya más allá de las explicaciones culturales”, dijo Gerchunoff, profesor de la Universidad Di Tella y ex funcionario del gobierno de la Alianza, en la presentación del trabajo en la Feria del Libro.
Los autores dividen a la historia económica argentina en cuatro cuadrantes, según su balanza comercial y su propensión al endeudamiento. Hoy, la Argentina está en el cuadrante Sudeste (combinación de economía abierta y superávit fiscal), por primera vez desde la etapa de apogeo entre 1890 y 1930. Los autores creen que, a pesar de ser un cuadrante que no ayuda especialmente a conseguir más equidad (uno de sus fundamentos son los salarios bajos en dólares), sí puede contribuir a crecer sostenidamente. “Lo que sí va a ser necesario es paciencia, porque a medida que el tipo de cambio se recomponga van a surgir pedidos de sectores poco competitivos de cerrar la economía”, dice Llach, investigador de la Universidad Di Tella. Ceder a esos pedidos sería entrar otra vez en la tragedia argentina: ganar equidad en el corto plazo pagando el precio del estancamiento posterior.
19 de junio de 2009 | Enlace permanente | Comentarios (0)
Aubrey de Grey cree que los niños nacidos en las próximas décadas tendrán "ciertamente una muy buena probabilidad" de vivir 200 o 300 años. O, como dice él, "indefinidamente". Desde el otro lado de una mesa en el Hotel Algonquin, en Nueva York, un viernes por la mañana, De Grey se mesa los bigotes, largos como habanos, y agrega: "Incluso las personas como tú o como yo tenemos todavía una probabilidad bastante razonable de acceder a la terapia".
Cuando este británico habla de terapia se refiere nada menos que, en sus palabras, a "la derrota del envejecimiento", un proceso diseñado por él mismo que espera tener disponible dentro de 20 o 25 años. El secreto, según él, es tratar al envejecimiento como una enfermedad, como algo maligno que come y debilita nuestras células hasta dejarlas inútiles y estériles. Este enfoque, según el cual el envejecimiento es un proceso que se puede revertir -o curar-, y su manera metafórica y dramática de explicar sus planes, han convertido a De Grey en una mezcla de científico y profeta, el jefe de un autotitulado "movimiento" que cambiará a la humanidad como nada la ha cambiado nunca.
Es imposible escuchar hablar a De Grey y no pensar qué relación tiene todo lo que dice con su aspecto, una mezcla en partes iguales de rockero, inventor loco y profesor de yoga. ¡Y esa barba! ¿Qué señales quiere enviar De Grey con esa barba gris, sin forma, larga hasta el pecho, más propia de un líder religioso o de un hippie de los años sesenta que de un científico preocupado por seducir al mundo? Él prefiere no darle mucha importancia -"a mi mujer le gusta", explica cuando le preguntan-, pero da la impresión de ser algo más planificado de lo que él sugiere.
De Grey tiene 45 años, los pelos de la cabeza atados en una colita y lleva puestos jeans azules bastante gastados y una camisa color vino tipo leñadora. Parece representar menos años de los que tiene, en parte por la forma de vestirse y en parte por la vitalidad de su manera de hablar y la pasión con la que expone sus argumentos, la cual le da un brillo constante a sus ojos azules.
Hasta hace no mucho tiempo, el mundo científico creía que De Grey no sólo estaba equivocado: también decía que estaba loco. Ahora, después de que De Grey ha recaudado millones de dólares de financiamiento para sus investigaciones y ha dado cientos de conferencias en decenas de países, sus colegas todavía no están convencidos de que tiene razón, pero por lo menos ya no creen que está loco. "A mí me gusta definir mi evolución en el ambiente académico como hacía Gandhi con sus propios contrincantes", dice De Grey, quien explica: "primero te ignoran, después te ridiculizan, luego se te oponen y al final dicen que estuvieron contigo desde el principio"
De Grey ya ha dejado atrás la primera fase y parece estar cerca de superar la segunda: casi ya nadie se atreve a ridiculizarlo y sus debates son ahora de igual a igual con otros científicos y gerontólogos (así se llaman los especialistas en el proceso de envejecer). Pronto, probablemente, comenzarán los debates con sectores más amplios de la sociedad. (En la misma mañana, por ejemplo, después de desayunar con Quo, De Grey visitó las oficinas neoyorquinas de Google para exponer sus ideas y posiblemente intentar conseguir algo de dinero.) Comenzaremos por preguntarle: ¿Realmente queremos vivir para siempre? ¿Qué haremos con todo ese tiempo, si así como estamos ahora le tenemos pánico al aburrimiento? ¿No habrá una explosión de la población mundial? ¿No estamos alterando el plan que la evolución -o, para los creyentes, Dios- nos ha reservado en un proceso de millones de años?
[ El resto, acá. ]
26 de mayo de 2009 | Enlace permanente | Comentarios (0)
Los días que vivimos en peligro
16 escritores argentinos narran los hechos que conmovieron al país (1982-2008)
Dieciséis escritores argentinos narran, desde una perspectiva subjetiva, los hechos que conmovieron al país. Entre la ocupación de las Islas Malvinas (1982) y el conflicto del gobierno con el campo (2008), el libro arma un fresco de los 25 años de democracia, vistos desde los ojos de la ficción. En la frontera peligrosa de la literatura y la política, el libro revisa la historia a través de esos días en que todo parece suspenderse y caer.
Malvinas * Juicio a las Juntas * Alzamiento de Semana Santa * La Tablada * Saqueos e hiperinflación * Seineldín * Doping de Maradona * Voladura de la Amia * Río Tercero * Yabrán * Torres Gemelas * 19/20 de diciembre de 2001 * Kosteki y Santillán * Cromañón * Batalla de San Vicente * Conflicto gobierno - campo
La mañana del robot, Pablo Plotkin
Gengis Khan, Leonardo Oyola
Anteúltima cita, Elsa Drucaroff
Semana Santa, Martín Kohan
Licenciada en rubores, Laura Ramos
Primavera a remolque, Carlos Martín Eguía
Las dos vidas de Maxi Kaplan, Hernán Iglesias Illa
La muerte de un autor, Diego Sánchez
Los ojos más azules de Texas, Mariana Enriquez
La disciplina, Juan Leotta
El título, Federico Jeanmaire
Los hechos de Mayo, Martín Prieto
El Señor Cara de Lechuza, Washington Cucurto
Elige tu propia aventura, Ana Wajszczuk
Te lo digo muy off the record, Esteban Schmidt
San Vicentico, Sol Prieto
7 de abril de 2009 | Enlace permanente | Comentarios (1)
Ernesto Semán, joven promesa del periodismo argentino de los ’90, cumplió el domingo 40 años. Ya casi no es periodista y, si es promesa de algo, lo será de las letras o la historia latinoamericana. Pero como el sábado tenía ganas de seguir sintiéndose joven, nos invitó a un grupito de afortunados a un karaoke de Red Hook, un viejo barrio portuario de Brooklyn que hace unos años estuvo a punto de transformarse en cool y que ahora ha vuelto a ser un páramo de nada y adoquines, especialmente en noches de invierno como la del sábado, cuando hacía un frío de cagarse y en la calle había menos movimiento que en Corea del Norte.
Comimos unas chisburguers muy buenas y después nos sometimos al escarnio del karaoke, un proceso de humillación pública al que no me entregaba desde, por lo menos, principios de los ’90, cuando hubo un (creo) efímero furor de cantobares en Buenos Aires y alrededores y en cuyos escenarios berretones sufrí y transpiré no más de cuatro o cinco veces. El cantobar era para mí un programa malísimo, no sólo porque nunca confié mucho en mi oído y mis cuerdas vocales sino porque, además, cada uno de esos locales estaba programado para inflar y mantener la obsesión porteña por la “diversión” de principios de los ’90, de la que me negaba a participar. Yo había elegido pasearme por la sociedad con un personaje melancólico-rockero que poco tenía que hacer en los cantobares, donde las canciones habituales, y casi las únicas disponibles, eran las de Valeria Lynch o Las Primas o Tonta o, en el mejor de los casos, Los Abuelos de la Nada. Puesto entre la espada y la pared, y bajo los efectos de los intomables Sex on the Beach o Gancia Batido populares en aquellos años, saltaba al escenario, sentía las halógenas azules y verdes aterrizando en mi cara, nublándome un poco la vista, y cantaba: Lunes por la maaaaaadrugaaaada…
El sábado la cosa fue distinta. También tuve que beber para llenarme de coraje –Johnny Black on the rocks, please–, pero me sorprendió el tamaño del libraco con las canciones disponibles, parecido a la vieja Guía Telefónica (A-K o L-Z) de Buenos Aires de hace mil años, cuanto todavía se usaban las guías telefónicas. En los cantobares de hace 15 años, la lista de canciones era un cuadernito de hojas metidas en separadores transparentes que tendría, calculo, unos 500-700 temas para cantar, todos ellos de al menos cuatro o cinco años de antigüedad. En Hope & Anchor, el otro día, había 15.000, de todos los géneros posibles (en inglés) y tan recientes como el mes pasado (eso dicen los de Karaoke Champ, los dueños de las máquinas que alquilan a los bares.) El secreto de la diferencia no es que Nueva York es una ciudad mucho más cool que Buenos Aires, sino que con la tecnología digital podés meter 15.000 canciones en el mismo espacio donde antes, en la insoportable era de las cintas y los rebobinadores, no te entraban más que unos pocos cientos.
Me enfrenté al libraco con sensaciones encontradas: interesado en ver qué había disponible pero sabiendo también que me estaba quedando sin la excusa cobarde de no tener canciones copadas para cantar. Había de todo, pero me costaba mucho elegir: una parte de mí todavía creía que debía seguir dándole credibilidad a aquel personaje melancólico-rockero de los early 90’s. Penoso. (Además estaba el hecho de que el ambiente del boliche iba tomando temperatura y la gente estaba empezando a cantar canciones como I will survive o Take me out, dejándome cada vez menos espacio para cantar canciones de Elliott Smith, que había sido mi primera opción.) Canté cuatro canciones y, a juzgar por la respuesta del público, siempre generosa después de la medianoche, lo hice razonablemente bien. Las canciones fueron:
The One I Love – R.E.M.
Creep – Radiohead
Here Comes Your Man – The Pixies
Touch Me – The Doors
El difícil y esquivo equilibrio entre el gusto personal y la paciencia de los otros: como cuando te dejan pasar música en una fiesta en casa ajena y uno quiere que la gente la pase bien y al mismo tiempo dejar su marca propia, enseñarles un poco de buena música.
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20 de enero de 2009 | Enlace permanente | Comentarios (4)
Hace veinte años jugaba mucho al tenis y cuando me aburría en las fiestas familiares, porque no me interesaba la conversación o porque ya había escuchado esa misma conversación mil veces, imaginaba en mi cabeza puntos heroicos de mis cabalgatas sobre el polvo de ladrillo: iba de un lado a otro de la cancha, patinando hacia los flejes, devolviendo bombazos imposibles y definiendo el punto con un drop abierto que cruzaba la red apenas y después se hundía casi sin picar. Cuando terminé el colegio dejé de jugar al tenis, por lo que mis desvaríos tenísticos fueron reemplazados –en reuniones familiares o de trabajo, en viajes en tren sin libro o madrugadas en boliches ya sin destino posible de levante– por ejercicios futbolísticos, casi siempre tiros libres: de zurda, la única pierna que manejo decentemente, por encima de la barrera, con la pelota primero inflándose, como tomando impulso, y después finalmente agarrando el efecto en medio del aire y acelerando con furia hacia el ángulo del palo lejos del arquero; o al palo del arquero, precisamente, uno de los tiros libres más subvalorados por la intelligentzia del fútbol, que adora los tiros libres por encima de la barrera pero cree prosaicos o utilitaristas los tiros libres al palo del arquero. (El tiro libre al palo del arquero es una batalla mental con el arquero: yo creo que él cree que yo creo que voy a pegarle por encima de la barrera. Gana quien acierta el intervalo de la dialéctica.) También me imaginaba dando asistencias o rebotando paredes imposibles: frenar la pelota contra el pie un segundo de más, como para que los defensores adviertan la demora, pierdan tensión y vengan hacia mí; saben que soy lento, y que podrán quitarme la bola sin problemas; es en ese momento de mis sueños de vigilia cuando, con el empeine o con el taco, le doy un cortito latigazo a la pelota, que sale rápida, zumbando cerca de los tobillos rivales, pero frena enseguida, exhausta pero divertida, justo frente al compañero que había visto salir corriendo cuando los demás estaban frenando. El sueño terminaba ahí; no me interesaba ver el gol ni festejar abrazado contra el corner ni recibir el reconocimiento de mi compañero por la pelota que le acababa de dar. Lo mío, en sueños y en el fútbol de la vida real, siempre ha sido la asistencia; meto pocos goles, recupero pocas pelotas y corro la mitad de lo que debería; pero tengo un gen geométrico-futbolístico que me señala pases al vacío como si estuviera viendo la cancha para por televisión. En los últimos años, la simulación de la lentitud se ha convertido en lentitud, y los defensores caen menos en la trampa. Pero en sueños todavía estoy en buena forma, y me gusta recibir la bola, que viene rápida, patinando sobre el pasto sintético mojado de alguna cancha de Brooklyn, deflactarla apenas con el empeine derecho, soltar la cadera como si estuviéramos a punto de hacer el pase, y en el movimiento siguiente, casi como si estuviéramos dando un paso, ordenarle a la pelota que se dirija hacia aquel hueco, detrás de ese defensor central alto y patilargo, que no sabe bien dónde está parado y justo delante de Tony, nuestro compañero turco, rápido y atolondrado, que llegará a la pelota a toda velocidad, como hace todas las cosas, y le pegará al arco, sin pararla ni nada, y errará el tiro por cuatro o cinco metros.
[ El resto, acá. ]
20 de enero de 2009 | Enlace permanente | Comentarios (0)
La única persona que me dijo “Feliz Navidad” este año fue Igor, con acento en la o, el portero del hotel de San Petersburgo donde pasamos unos días la semana pasada. Nadie más. En San Petersburgo, el 25 de diciembre fue un día como cualquier otro de invierno –dos agradables grados bajo cero, algodoncitos tenues cayendo lento desde el cielo, hielo negro y barro eterno en las veredas–, con todos los negocios abiertos, las rutinas inalteradas y el piloto automático de la vida cotidiana incrustado en las caras de los nativos. Nadie parecía demasiado al tanto de que medio planeta, empezando en Helsinki, a un par de horas en tren hacia el oeste, estaba casi detenido, celebrando algo que ya nadie sabe bien de qué se trata pero que no por eso lo hace menos agradable o inevitable.
Estoy en Moscú, visitando a la familia de mi mujer. La Navidad es acá todavía un idea a prueba, recuperada hace quince años después de más de setenta años prohibida. Y donde además, por culpa del calendario juliano aún preferido por la Iglesia Ortodoxa, se festeja el 7 de enero. (Toda Rusia usó el calendario juliano hasta 1918. De hecho, la famosa Revolución de Octubre fue en noviembre.) Como para el 7 de enero ya vamos a estar de vuelta en Brooklyn, este será para mí un fin de año sin Navidad. No creo haberla extrañado.
* * *
La gente me pregunta cómo está mi ruso. Yo les digo nimnoshka, un poquito, y después intentamos hablar en inglés. Entiendo un poco y puedo tener conversaciones cortas, pero a esta altura de mi matrimonio debería hablarlo mucho mejor. A principio de año me esforcé bastante por aprender y progresé mucho. Después perdí un poco el entusiasmo, algo de lo que me arrepiento, porque podría estar estas dos semanas comunicándome mejor con mi familia política.
Lo que sí leo bastante bien es el alfabeto ruso. Con eso me distraigo en los viajes en auto, mientras los otros hablan de otras cosas. Yo miro por la ventana, mientras nos movemos despacio por el tráfico infame de la ciudad, y voy letra por letra, concentrándome, hasta descubrir pequeñas gemas de la transliteración. Leo, en neón rojo sobre un fondo de madera oscura, la “С”, la ese; a su lado, la “У”, casi igual a la “u” castellana; después, la “Ш”, hermosa, una especie de “sh” inglesa; y para ese momento ya me estoy dando cuenta, cuando pongo el primer ojo sobre la “И”, la “i”, de que esa falsa cabaña a la que se entra por una escalerita hacia abajo es un restaurant de “Суши”, o sushi.
Los rusos pasan todo a su alfabeto tal como suena. El “business center” del hotel se llama, en letras rusas, “bisnes center”. El viernes caminábamos con Irina y una de sus amigas del colegio por Arbat –la vieja peatonal comercial que durante décadas fue un páramo y ahora, aunque a medias, ha renacido– y yo paraba, con el reflejo de dos décadas haciendo lo mismo, en cada puesto de libros usados. Los puestitos eran parecidos a los de Buenos Aires, Nueva York o Madrid, pero los libros, obviamente, eran distintos e indescifrables, como escritos en clave por espías de la KGB. Lo único divertido para mí era leer los nombres de algunos autores, letra por letra, hasta que cayera la ficha. Ver, por ejemplo:
Шекспир
Y darme cuenta, de a poquito, de “Yécspir”. O Shakespeare. García Lorca era más literal:
Гарсиа Лорка
Y así hasta el infinito. Cada palabra occidental transliterada al ruso aún me genera una pequeña risita, pero con los días el efecto va perdiendo fuerza. Las que son letra por letra, como “Интернет”, Internet, ya me parecen un embole. Las divertidas son, como en la tapa de la GQ rusa:
Хью Джакман
Jiu Dshakman. O Hugh Jackman. El jiu me parece un obra de arte: la jota suave, la “Х”; y la “Ю”, o “iu”, una letra hermosa, con forma de astronauta; separadas por la “ь”, que no es una letra sino un modificador inteligentísimo que obliga a parar la pelota, ablandar la lengua y pronunciar ambas letras como se merecen. Sin la “ь”, el nombre de Jackman sonaría más como “Ju”.
[ sigue acá. ]
20 de enero de 2009 | Enlace permanente | Comentarios (0)

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